Los recuerdos la invaden a cada
rato, le trae accesos de llantos de tos que la ataca como el sarpullido la
mariscala está de mal en peor con su asmas y sus convulsiones, está como loca,
de mal en peor con su corazón herido aunque no de muerte como lo hubiera
querido después de la muerte de su niño Panchito, muerto en batalla como los
niños de la Basilia y los otros niños que le pusieron el pecho a la patria
aunque no pudieran ganar, cuando terminó la guerra y Elisa pudo hacer uso pleno
de sus inmunidades diplomáticas cuando intervinieron las autoridades que ella
supo siempre eran los primeros culpables de todo lo que pasara aunque no lo
parecieran el mariscal le contaba cuando vivía, desde la desvastada Asunción
comenzó a organizar su viaje y el viaje de las crías que le quedaron después de
todas las atrocidades que vivió en manos de los brasileños, de los uruguayos y
de los antipatriotas de la aldea que le quitaron propiedades y les robaron
títulos y joyas y muebles y todas las demás y otras pertenencias imaginables,
llorando a moco tendido hora por hora día tras día por las cosas que perdió y
por las que va viendo a perder cuando las obligaciones se le multiplicaron
ahora que se quedó sola, con cientos y miles de paraguayos que vuelven heridos
y con la fiebre amarilla, sin nadie que los atienda, familias desvastadas de
ese imperio que un día tuvo con el brigadier que defendieron hasta las últimas
consecuencias, lleno de locos ahora el imperio como estaría ella si no tuviera
a los niños que no se iría para donde la mandan los que decidieron sus exilios,
ese imperio ahora privado de cuerdos para seguir defendiendo los patrimonios y
todo lo que hay para defender, tal vez dejaron de ser cuerdo pero locos seguirán defendiendo.

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