El calor de diciembre la humedad que
se siente y se desplaza con la neblina que circula cerca de los pantanos, los
mosquitos que dificultan las concentraciones porque atacan de a cientos de
miles, la falta de agua todo se junta como una contra para las fuerza del
mariscal brigadier don Solano López que en medio de esos pantanales desde su
tienda de campaña, solo como una ostra porque los oficiales desaparecen por
muertes o deserciones, va ordenando a sus comandantes pero sobre todo a
sus lugarteniente Bernardino Caballero
resistir todo lo que pueda, atacar primero replegarse si lo considera necesario
retroceder atacar de nuevo con avances envolventes por más que sean como tres
veces más en cantidad de soldados artillerías y pertrechos, mientras el otro sin
escucharlo demasiado le enumera los fracasos las pérdidas, y las razones por
las que ahora después de cuatro años de andar entre victorias y derrotas,
después de tantas desventajas en números de soldados y en artillería importada
y pagada con los créditos conseguidos en Londres, deben replegarse por qué
deben y tienen que replegarse para qué, para reforzar ese ejército que tienen
que es cada vez más un ejército de pocos varones que van quedando menos esos
valientes voluntarios que se unen en los pueblos en los lotes de campañas
apenas cosecheros algunos otros peones de cargas convertidos por la fuerza y
contra su voluntad en soldados maltrechos de escuadras enteras de un ejército
que además cuenta con niños y mujeres porque los varones van muriendo o van
desertado unos tras otros, por brava esa igual de brava que otras por esos días
por la gracia de fuerzas de los aliados es que después salieron a decir que fue
la batalla paraguaya de las puertas calientes de las termopilas, esa batalla
que algunos relatan de griegos y persas hace miles de años, en el arroyo de
Ytororó las columnas concurridas de brasileños uruguayos y aldeanos que
castigaron a los paraguayos y les restaron todas las posibilidades de defender
asunción, de todos ellos de los vivos y de los muertos el único que no se cansa
es el brigadier mariscal que no se rinde aunque algunos anduvieron sembrando la
cizaña que ya ni se acuerda porqué están peleando, el da las órdenes para andar
y los otros no avanzan aunque avanzan aún cuando él no de las ordenes, su
oficial Caballero es más que uno del montón de oficiales que durante todas las
jornadas van u vienen heridos transportados en carretas a las carpas donde los
cirujanos los cosen y les dan pócima para que se recuperen.

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