Cuando lo supieron todos los
indios de la tribu de Fayol y sus alrededores quisieron hablar con él para
preguntarle cómo fue que lo lograra de solo zambullirse en el lugar y en el
momento justo como andan diciendo los chismosos que él comentó cuando nadie lo
ha visto desde el día que se la pasó sacando tesoros de la ciudad invisible,
quieren saber cómo fue buceando en la dirección correcta para encontrar ese imperio
en el fondo del lago en un día de tormenta de aguas oscurecidas de cómo fue
conteniendo la respiración y volviendo a la superficie todas la veces que habrá
necesitado para renovar el aire de sus pulmones, todos quieren conocer de la
forma que lo logró, en un espacio de unas horas hacerlo, de llegar a la mágica
ciudad, de andar merodeando por sus alrededores de determinar tesoros visibles
pero invisibles al tacto cuando hay que acarrearlos que para eso fue el cacique
y no andar con cosas menores, eso es lo que fue a buscar, fortunas con las
formas de monedas acuñadas y coronas y medallas de oro y de plata, de mucho oro
de mucha plata, visibles a cualquiera que se anima en una tempestad a lanzarse
a la profundidad de ese lago inexpugnable, pero invisible a la codicia
contenida en unas manos extendidas y una voluntad de poner esas riquezas a
resguardo en los escondites abiertos en las entrañas de la montaña, metrópolis
visibles en el empeño emporios invisibles en la apetencia, para que no los
viera nadie para que los salvajes sigan creyendo que son tesoros de esos que
forman más la imaginación de la vida de los paisanos y de los mercaderes que
van y vienen de aldeas que están cercanas, cuando lo supieron los indios sus
compañeros sus capitanejos de tantas campañas contra Roca y Sarmiento en lo que
ellos llaman desierto pero que son tierras fértiles de las que salen frutos
preciosos, y con todos los hostiles que llegaron después del colorado de don
Juan Manuel que los quería, que el cacique fue se sumergió a las entrañas de
ese vasto espejo del lago con aguas de deshielo, que el cacique fue y en una
tarde o menos en una madrugada escondió los tesoros en la montaña por orden de
mandinga que es el que los custodia y ninguno de sus dioses que son muchos,
quisieron hablar con él y preguntarle de cómo fue que hizo lo que hizo, pero ya
él se había ido a buscar a su amigo del museo de ciencias naturales el perito
Moreno al mismo lugar donde se suicidó volando mal como si fuera un cóndor un
carancho buscando su propia carroña, por la gravedad y por la luz de la elevada
y enroscada y visible escalinata de mármol de la moderna y también invisible galería.

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