Los mandamases de Roca los que le
hacen los mandados a Roca esos mismos quinta columnas que le andan calentando
las orejas a Roca en el desierto desde hace años cuando empezaron con la
domesticación de los matacos más rebeldes que lo perros, de esos salvajes que
se niegan a entregar las tierras que ellos reparten con los señores de la
aldea, se entusiasmaron cuando se cumplieron como dos meses que se había
escapado Mariano Rosas y nadie hablaba de su arribo en la toldería de su padre,
lo soñaban tirado en medio de monte cubierto de cascarudos herbívoros y
zancudos clavando en su cuerpo sus aguijones para chuparle la sangre al muerto,
recostado en una mortaja de hojas secas de palmeras secas y él mismo secándose
con el viento caliente que corre al ras del piso, se lo imaginaban desgarbado
deshidratado a expensas de las bestias nocturnas e inofensivas, los indios
traicioneros de lenguas como víboras llegaban comedidos hasta los fortines para
confirmar que no llegaba, entonces los amanuenses calculaban que ni allá ni en
los fortines la suerte del príncipe perdido estaba echada, ilusiones nomás eran
de los mandamases de los que hacen los mandados de Roca de los que le andan
calentando las orejas con las tonterías y las mentiras, delirios de siervos
vestidos de soldados de la patria de Roca y de su amigo Sarmiento,
contabilizando uno menos de los salvajes para la civilización que construyen,
delirios porque el mancebo estaba más vivo que muerto en la tribu de los
calchaquíes de los hermanos de los valles donde lo hizo llevar su padre para
cubrirlo, desde allí con una muerte registrada en los libros de Roca gracias a
sus mandamases que aconsejaron dejar en los anales la desaparición de Pangitruz
el joven de linaje comenzó su largo ulmanato, Mariano Rosas tuvo su primera
muerte.

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