Ganas y desganas.Hay que tener ovarios y estómago para haberlo aguantado al negro por años.
Y ganas, ganas de complicarse la vida.
Y ella los tuvo.
Ovarios, porque cuando el otro necesitó que no lo jodieran ni lo jodieran los hijos cuando volvía en curda todos los días porque no le gustaba el laburo y entonces se pasaba de una reunión a otra con los curdas compañeros del sindicato, no lo jodió ni lo jodieron lo chicos que a veces preguntaban por él porque cuando estaba cuerdo era un buen padre y les daba con todos los gustos.
Estómago, porque cuando el otro venía y pedía ella se entregaba con todo abriéndose de gambas y dándole todo lo que él le pedía, conteniendo la respiración para que el tipo no la puteara, pero estoica y ahogada con el olor a chivo y el lastre del vino tinto clarito en el aliento, soplo mezclado con el olor que dejan treinta puchos fumados al día.
Ganas tuvo, porque a ella la educaron así, que una se casa una sola vez.
Y lo podría haber hecho, perder en el camino los ovarios, el estómago, las ganas, sus consideraciones, el capo que se daba cuenta de todo la llamó un par de veces para preguntarle de algunas intimidades de su marido, y ella se dio cuenta que era para borrarlo del mapa y no le dijo nada, pudiendo hacerlo se quedó piola y se volvió a su casa, una casa de pobres como fue su casa paterna, pobre pero digna, aunque de esto no estuviera segura con el negro.
Ye tenía razón, el hijo de puta se fue con la pendeja que contrató de secretaria el sindicato, ya se las veía venir, cuando el tipo comenzó a aparecer más por la casa, en cualquier horario, y a ducharse, especialmente a ducharse y a rociarse cono un perfume que ella ni le había regalado.
Y a ella la atacó un profundo desgano.
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