Lágrimas y cocodrilos.
Lloró como seis meses.
Mucho.
No le alcanzaron los pañuelos
para tantas lágrimas.
Pero al cabo se preguntó porqué.
Ahí se dio cuenta que las suyas
eran lagrimas de cocodrilo, de la necesidad nomás que tenía de llorar, en
cualquier rincón en cualquier momento.
Por diversos motivos.
Ella supo siempre que el tipo se
le iría, más que él fue la familia la que presionó para que se casaran, más la
de ella que la de él, ese cabrón que miraba los culos y las tetas de todas las
enfermeras y de las pocas doctoras del hospital, que se levantó a la putita
mojigata de la profesora reventada con cara de virgen, y que estaban en ambos
casos más cómodos el uno sin el otro.
Ella supo que podían haber sabido
los que posiblemente supieron que el tipo podía ser un traicionero, en el fondo
era de la escuela de Irigoyen, aunque después arreglara con los negros del
sindicato y los zurdos ricos que le enviaron guita desde la isla.
Así que un día dejó de llorar.
Y como el cocodrilo se zambulló
en aguas espesas, fue cuando comenzó su cruzada de convertir al hijo de puta en
mártir, en víctima de los capos de la empresa en torturado de los milicos que
trabajan con los dueños y los capos de la empresa, cuando comenzó la cruzada de
convertir al malo en bueno y encima hacer las diferencias, cuando sacó la
cabeza a la superficie supo que tenía que hacer.
Después de llorar peregrinó por
despachos, oficinas, distritos, comisarías.
Peregrinó como seis meses.

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