Lugares y privilegios.
Ni por las tapas podía imaginar que su papá trincaba con su mamá y que el inmenso globo de la panza de ella era en realidad un hermoso bebé que nació por cesárea con tres kilogramos y seiscientos gramos, para él un caluroso mediodía de fines de febrero de mil novecientos sesenta y tres, que es cuando él le vino con la noticia que tenían un viaje de doscientos kilómetros para llegar hasta la ciudad a donde se diera el fenomenal evento que después fue viendo que era nada más que familiar o más bien de un par de parientes que se arrimaron por la clínica a ver a la convaleciente medio atontada todavía por el efecto de la anestesia.
Ni por las tapas podía imaginar todo eso cuando llegó su papá con tantas noticias, entretenido como estaba en la enésima carrera de karting tracción a sangre en el circuito del almacén grande, que no sería circuito de Le Mans o el de Indianápolis, pero que para él era más que suficiente, por el desafío y por las peleas que se armaban entre los changos por quién había armado los mejores y más veloces bólidos, juegos y juegos y juguetes caseros que eran nada más que unos cajones bien pintados de madera y adornados con tachuelas y cintas de colores, con dos ejes y rulemanes que permitían sus desplazamientos como si fueran autos mientras se aguantara la presión de dos manos de cualquiera de los comedidos que se ofrecían a empujar para dar la tracción y la velocidad que llevaban a la meta.
Ni por las tapas podía imaginar el inefable Toto todo eso que ocurriría, él que se enojaba y se le pasaba fácilmente, porque si lo hubiera imaginado hubiera sabido más temprano que tarde que por todo eso, ese día comenzaban a cambiar algunas cosas también de sus privilegios de primerizo y de su lugar de primigenio.
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