Despojos.
Hasta ahí nadie le había quitado nada, no sabía lo que era quedar desposeído, o al menos él no se había dado cuenta si le quitaron algo.
Pero con ese acontecimiento comenzó a darse cuenta.
El Toto había ligado que su padre le explicara que a la mamá la encontraría sin el globo y que en vez de un globo en la panza de mamá ahora encontraría un bebé rebosante y llorón en alguna cuna cercana, y que ese bebé era otro hermano que le llegaba medio tarde según la versión de su propio papá que se iba en explicaciones que él no le pedía, pero el Toto ya era grande y aunque no lo confesara, si le hubieran preguntado y hasta donde le daba el cuero, hubiera pedido algunas respuestas o explicaciones de la parte oscura de cómo es que aparecen las personas y más como en este caso de cómo aparecen parientes tan chiquitos como éste, de cómo es que los bebés terminan hechos, como si fueran un producto en el que indudablemente terminaran teniendo que ver los viejos aunque insistieran socarronamente con la historia de la cigüeña que viene de París.
De tanto andar en esos menesteres lo primero que no se dio cuenta es que el fin de mes pasó sin el regalo de todos los meses, algún juguete importante que papá le encargaba al puntilloso y elegante Sr. Martínez que además de juguetes siempre lo tentaba con portaminas o jabones de tocador con fuertes olores a lavanda, en ese salón alargado que era una mezcla de juguetería con bazar librería y perfumería por donde iba y venía el movedizo vendedor, el Toto no se dio cuenta que no le llegó eso que era un trasto que llegaba en las manos de papá que en cuclillas desenvolvía los juguetes como si fueran de él, haciendo ratatá con la ametralladora brum – brum hacía con los camiones taranta tán tán con los soldaditos de plomo, juguetes de sus días y de sus sueños que llegaban puntual en los días justamente cuando él andaba con la sonrisa de oreja a oreja y todos andaban de la misma manera porque se trataba de los días de pago de los sueldos en el ingenio.
Tampoco se dio cuenta que desde ese día no jugó más con Morena, su compinche de siempre.
Culpa del bebé cambiaron desde esos días los juguetes y los amigos para el Toto.
Y las provisiones, casi todas, pasaron a ser de ese regordete y rosado niño que balbuceaba y movía las manitos para la locura de todos.
Y aunque nadie le preguntara, ni los cuerdos ni los que se ponían como locos, y además él no se diera ni cuenta, despojado quedó, aunque otras substancias comenzaran a tener sentidos en su vida.
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