Mates y marcas.
Algún maligno habrá estado pensando masticando mucho alguna bronca por algo que le hicieron, porque habrá tenido que esforzarse o estar muy caliente para darse cuenta que el mate es una infusión para que los negros desayunen o merienden, porque los que no son o son rubios o son blancos toman té que algunos relacionan con los ingleses y otros café que otros relacionan con Colombia que alguna vez fuera colonia de los españoles o de los que allende los mares peleaban con ellos, algún malandrín habrá estado cruzado que de iracundo nomás habrá hecho esfuerzos como para darse cuenta que una insignificante cinta de seda azul con la que se hacían moños en las camisas blancas de niños o niñas fueran una marca y encima una marca de los buros que no se sabían ni la tabla del dos ni ubicar los sustantivos en las oraciones más sencillas, y por eso al Toto no le cuadraban algunas cuestiones que le pasaban pero no podía preguntárselas a su mamá porque no sabía cómo, cuando todos los de la barra, por lo menos los de la barra que él frecuentaba andaban juntos, desde el hijo del peluquero al primogénito del maestro azucarero, al hijo del ingeniero, sin ninguna diferencia entre ellos porque esa era una de las ventajas de andar todos amontonados en el mismo pueblo, en esos años mitad de los sesenta casi empezando los setenta, cuando las diferencias entraban más en las anécdotas que en la vida de los changos y de las changuitas. Quiénes podían ser los ricos, si circulaban todos juntos ricos o pobres ni lo sabían.
Tal vez los niños más aseados, con cortes de pelos a la americana o directamente pelados, tal vez los mejor vestidos, si la mayor parte del tiempo alcanzaban unos pantalones cortos unas remeras y un par de zapatillas flecha, tal vez los que tenían los mejores juguetes o aquellos a los que Papá Noel o los Reyes Magos les dejaban los mejores regalos. Pero todos se encontraban en el mismo cine las matinés o las selectas, en el mismo circo que llegaba y en la única pileta de natación que había. Todos estaban en los mismos desfiles del veinticinco de mayo o del diecisiete de agosto. Quiénes podían ser los pobres.
Tal vez los niños menos aseados, aunque fueran pocos o ninguna las ocasiones que se daban como para que ellos se dieran cuenta, tal vez los que andaban peor vestidos, tal vez los que tenían los peores juguetes o aquellos a los que Papá Noel o los Reyes Magos les dejaban los peores regalos o no les dejaban nada, si al final cuando se juntaban todos se prestaban entre todos todo lo que tenían. Todos se encontraban en el mismo cine las matinés o las selectas, en el mismo circo que llegaba y en la única pileta de natación que había. Todos se disfrazaban para andar en los corsos del carnaval, todos paseaban por las kermeses en los jardines de la parroquia.
No comprendía porque el Negro, la última incorporación en la barra de chicos que recorrían una y otra vez las calles con poco tráfico en sus relucientes y nuevas bicicletas iba a la otra escuela, no comprendía por qué, hacían ya como cuatro años, él mismo, iba a la escuela de los burros marcados, como le llamaban a la Wolman, donde según los chismosos iban los hijos de los jefes en la empresa y los hijos de los empleados con cargos importantes en el ingenio, no comprendía por qué no estaba con él en la Dorrego, la de los mate cocido, donde según los mismos chismosos iban los hijos de los obreros, no comprendía porque el negro era hijo de uno del los obreros contratados para construir la fábrica de papel en el ingenio y él mismo, el popular Toto era uno de los niños con más juguetes en la barra.
Ricos en escuelas de pobres y pobres en escuelas de ricos.
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