El bebé vino no solamente con un pan bajo el brazo sino también con un sinfín de venturas que se fueron dando con el ascenso simultáneo de papá en la oficina de obras civiles del ingenio, al menos eso es lo que con dificultades le llegaba al Toto como información para cuadrar a su edad y a sus necesidades, la felicidad reinante en el hogar durante todo ese tiempo en el que todos andaban con las sonrisas de oreja a oreja, cada día había buenas noticias, él iba y volvía de Santiago y ella tuvo una larga convalecencia de casi un año para terminar de bajar los doce kilos de más que le dejó el exitoso embarazo en el umbral de los cuarenta años y con el seño fruncido del médico de la familia que lo siguió de punta a punta como si se tratara de una cuestión personal en el hospital de la empresa, se vendió la chata rastrojero y apareció un Dauphine de primera mano impecable y rojo que todos lavaban día de por medio, en una especie de fiesta familiar que organizaban la Blanca y la Eufemia las niñeras que además eran parte de la familia, en el galpón que servía de garaje en la casa de libertad cuarenta y nueve, al final del chorizo de esa vivienda que tenía salida a las dos calles opuestas, felicidades que se extendieron y que al año terminaron coincidiendo con la recuperación de la voluptuosa figura de mamá, que llegó también con el cambio a florida cincuenta y dos que fue directamente lo que terminó de simbolizar la felicidad de esos días, porque allá se encontraba ese hermoso chalet recién terminado con tres dormitorios y dos baños que la empresa había asignado a papá con su último ascenso en el escalafón de la empresa recomendado por su propio hermano que entonces oficiaba de jefe de personal, allá partió la familia entera.
El Toto cumplió los dieciséis años en el amplio patio con el piso sembrado de verde césped y adornado en cada uno de los vértices del rectángulo con cuatro rosas de diferentes colores que cuidaban las niñeras, porque había sido iniciativa de papá para imponerle una tarea que no le gustaba a mamá, que a la par que le reclamaba de sus continuados viajes a Santiago por razones de familia, porque se quedaba demasiado sola con los tres niños pasando semanas resolviendo enfermedades y conflictos, aunque durante esos meses se fue entreteniendo y fue aprendiendo a manejar mejor el Dauphine con el que iba y venía de la escuela donde ella era maestra de sexto grado, allí en ese patio fue la fiesta para la docena de amigos de la barra de entonces una tarde de diciembre del sesenta y ocho que quedó en el recuerdo porque era una fiesta de niños que inexorablemente habían dejado de serlo porque mientras los varoncitos saltaban y se estiraban jugando con algunos globos las niñas jugaban a los empujones con comentarios secretos y socarrones que terminaban en sonrisas y sonrojos de los que ellos no se daban por enterados, salvo Roberto uno de los amigos un par de años mayor que entre pegarle a un globo o a otro le decía que eran unas presumidas.
Eran todas felicidades hasta que fueron todas infelicidades.
Especialmente la noche en que el Toto desde su dormitorio escuchó el eco de los gritos por la primera pelea de los papás de las que después fue tomando registros, peleaban y se acusaban de cosas que ni entendía, como que él viajaba en realidad para ver una mina a lo que él le contestaba que no podía ser tan puta como para meterse con pendejos.
El eco de los gritos y los insultos que lo marcaron para siempre, y vinieron tiempos de infelicidades con algunos lapsus de felicidades.
El no viajó más a Santiago y a la casa nunca más vino Roberto de visita, y al Toto que lo esquivara le jodía porque él no le había hecho nada.
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