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Tuesday, August 23, 2011

maricones y silbidos


Maricones y silbidos.
Al negro le daba vergüenza ser un burro marcado, todos sus amigos estaban en la escuela Dorrego en donde se abrían y cerraban las puertas en los mismos horarios de la escuela a la que él iba en el horario de la mañana, igual también que los amigos de su barra, así que de la vergüenza para que no lo vieran y en la premura que le entraba para encontrarse con los changos, antes que los relojes marcaran la una de la tarde ya se había sacado a los tirones el moño azul que era una especie de corbatín y el guardapolvos blanco, antes de esa hora seguro que ya los había tirado en el respaldar de alguna silla del living de su casa, lo que marcaba el comienzo de un recorrido diario, lo mismo cada día, que terminaba como a las ocho de la noche, cuando su madre comenzaba a los gritos en medio de la calle donde vivía, porque sabía que no podía estar lejos y que ese era el método más efectivo para llamarlo, también de la vergüenza que le daba que alguno lo embromara diciéndole ahí anda silbando esa vieja bigotuda, el negro aparecía como por arte de magia, para comer bañarse y acostarse para no andar con sueños al otro día que comenzaba como cualquiera a las siete de la mañana.
Uno de esos días le contó al Toto, su amigo entrañable, que dos maricones compañeros del sexto grado, todos los días le daban unas monedas porque él los dejaba que se lo toquen lo que él ya sabía durante los recreos largos de diez minutos cuando los tres se encerraban en alguno de los baños, que eran unos pocos minutos que lo arrinconaban y se quedaban quietitos y cerrando sus ojos acariciándolo, le contó que a él también le gustaba que lo toquen pero más le gustaban las monedas que le daban porque le alcanzaban para comprarse unos adams y unas gallinitas de licor para ella que le encantaban y guardar para salir con la flaca que a esa si le gustaba tocarla pero en serio cuando apretaban, y que los dejaba manosearlo porque era como hacerse una paja pero por parte de ellos y que encima le pagaban, porque le habían pedido que no lo contara a nadie pero a nadie, que no era más que eso y que gracias a eso le podía comprar pochoclos a su novia todas las tardes cuando la visitaba.
En los momentos en que más se perdía Romeo con su Julieta, la flaca cachonda de la Estela que puntualmente todos los días como a las seis de la tarde lo esperaba en la glorieta de la plazoleta donde franeleaban y un rato mientras la amigas les servían de campana para avisarles si algunas de las viejas chismosas atinaba a pasar justo en esos momentos.
Al negro no le daba ninguna vergüenza todo eso, y se pasaba los recreos comerciando para juntar las monedas con las que especialmente le pagaba los helados los sábados en la noche después de avisar desde lejos cuando la esperaba, le pegaba unos silbidos inconfundibles que retumbaban en varias cuadras en las apacibles tardes de los sábados y la flaca salía emperifollada para volver desarreglada.

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