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Wednesday, August 24, 2011

apagones y resplandores

Apagones y resplandores.
Cada vez que se apagaban las luces en el confitería Catriel, del otro negro del catamarqueño que nos decía que le digamos boite o bwat que no anduviéramos con medias tintas, como él no andaba a medias tintas con las luces que iba apagando de a poco para que las parejas intimiden y se le queden más por ahí bailando, que nos recomendaba que no anduviéramos dándole muchas vueltas con el tema de los nombres que a él lo que le interesaba era que le entrara la gente, y primero las mujeres porque después entraban ellos como por un tubo y como perros calientes, paganinis de tragos largos después de unos cuantos movimientos de las caderas de ellas, cada vez que se apagaban las luces en la bwat en esos aciagos días el negro mi amigo se encendía de la bronca porque se daba cuenta que venían a cagarnos la vida, por lo bien que la pasábamos en el boliche con las chicas él con su inefable flaca que de calentona que era no más lo tenía mal por todos los rincones, él y ella no bailaban como nosotros que éramos más otarios o más tímidos o lo que fuera pero las chicas miraban para otro lado hasta que me llegó la odalisca que era justamente hermana de la flaca del negro, cada vez que se apagaban las luces las que estaban prendidas en las pistas se encendían los reflectores de los milicos, grandes reflectores montados en las camionetas de la empresa que por las mañanas usaban los ingenieros y los supervisores para dirigir a los coyas en los surcos, y empezaba la averiguación de antecedentes y ahí el negro se ponía contestador y por eso lo llevaban una y otra vez a la seccional cada madrugada que se daba con un cabo calentón que no lo aguantaba como no aguantaba las ganas de llevarse dos o tres de las chicas que se prestaban porque sacaban ventajas y después también les pagaban, ahí nomás sin previo aviso unos minutos en los cuales por formalismo había que recitar el número del documento de identidad y si lo pedían había que pasar la informalidad de pasar la revista de la portación de cara, que eran varias las caras que a ellos no les gustaban especialmente si tenían alguna reminiscencia del tipo que más odiaban, ese barbudo con boina y un abano en su boca que el negro nombraba tratando de hacerlos entender de sus derechos civiles que era lo que menos les importaba, cada vez que se prendía la luz en el cuarto de la comisaría donde comenzaba el interrogatorio el negro se apagaba y se guardaba a silencio y se le acababan los argumento porque esa era su forma de hacer resistencia y que nadie se enterara de las reuniones después del colegio con la profesora de castellano de tercero que estaba bastante bien y además el marido no le daba ni cinco de bola porque andaba arreglando entuertos con los del sindicato.
Cuando apagaban las luces el negro se encendía de la bronca.
Cuando prendían las luces el negro se callaba de la impotencia.

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