Machos y maricones.
Había que ser macho para ser maricón por esas épocas, aguantarse el látigo de papá al que había que tratar de usted en el rancho gritándole y echándole las culpas de todo a la vieja a esa sometida que no le decía nada porque después de gritarle y de mamarse bien se la llevaba de las mechas y se la cogía a cualquier hora sin que ella esbozara una palabra y a veces siquiera le saliera un suspiro, había que ser macho para aguantarle todo eso y después acompañarlo a las cosechas de naranjas en El Naranjo, de mandarinas en el Sunchal y de limones en San Patricio, en docenas de lamparones circulares abiertos en los límites de los espesos montes que entraban en las serranías como olas inertes y verdes de océanos de follaje que se perdían en el horizonte como ondas verdes azuladas o azules verdosas dependiendo de la luminosidad de los días y de los momentos, corriendo cuando él se descuidaba en esas escrófulas en medio de la fronda y en los resplandores de temprano en la mañana o de las tardecitas, donde somatizando la fiebre de los calores de adentro y tiritando de deseo con la intimidad en la inmensidad, de esa espesura en medio de las lianas y las cascarillas de corteza descascarada escaparse con algún compañero para hacerle la paja o andar con toqueteos como si fueran chinitas.
Había que ser muy maricón vaca y navaja y capitán designado en bella vista para no aguantarse como macho por esas épocas que, comandante tercero que debería estar custodiado por ellos combatientes rasos después de todo comandante de los comandantes segundos que custodiaban a los comandantes primeros que estaban custodiados y guardados que por eso les llamaban cabecillas urbanos, había que ser muy maricón para no aguantarse sin chistar que los obreros o los tipos la peonada con la que se hablaba en los lotes y en los obrajes, esos mismos que debían ayudarlos porque la revolución se hacía para ellos, que se negaban a involucrarse aunque fuera para ellos porque la revolución como la de Mao o Fidel era para eliminar capitalistas, borrándose allá en los mistoles más acá en tafí viejo, en los chorrillos en las serranías de taco ralo en las hondonadas de trancas zigzagueando las vías en los suburbios de bella vista o con los compañeros de los sindicatos en leales que no eran tan leales justamente con la causa porque con los patroncito lo eran, había que ser maricón para andar chillando como mariquitas irle con el cuento a los comandantes mayores y solicitarles tribunales de guerra para fusilarlos a esos putos con costumbres burguesas en el monte porque otra cosa no se merecían, había que ser muy maricón para entregarlos porque esos negros no quisieran saber nada de la revolución, de esa revolución que llevaban los compañeros en las ciudades, había que ser maricón para no entender como macho que qué iban a entender esos bolivianos y santiagueños de mierda, sometidos de porquería que preferían defender a los patrones que ir a los entrenamientos de tiro en los lamparones circulares abiertos en la espesura para que nadie los descubriera con comandantes que llegaban directamente desde la frontera boliviana, bolivianos comprometidos esos sí peruanos y cubanos que entrenaban en tiro y en guerra de guerrillas para destruir al capital, había que ser maricón para camuflarse todas las veces que se bajaba a los pueblitos o a las ciudades para llevar los instructivos y las instrucciones.
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