Laberinto.
No habrá sido el laberinto de dédalo, pero el Toto y sus amigos caminaron bastante cómodos los primeros tramos de ese largo camino de andar la vida como se puede, cuando fueron los días del mate cocido en la escuela Dorrego y los bizcochos repartidos por puntillosas bedeles con delantales rosados que entraban como batallones a los grados para acercar en bandejas esas colaciones que calentaban en los inviernos y a veces se rechazaban en los veranos, fueron radiantes por lo menos cuando comenzaron con más sensaciones de andar metidos en aventuras confortables más que en otras arriesgadas o no deseadas que encaraban algunos de los amigos que tuvieron, y que interrumpieron más de una vez sus entretenimientos para ir porque los obligaban con sus progenitores a los surcos en los meses de cosecha de la caña y volver de allá con las manos lastimadas y rasgadas y ensangrentadas, a esos mares verdes con el aires lleno de partículas que causaban los estornudos y las alergias, para volver con las manos heridas por lo cortante de las hojas verdes y largas pegadas a los canutos que tenían bordes como dagas más que filosas, no habrá sido el paraíso esa primera parte del recorrido pero la pasaron bien, era todo normal hasta que comenzó a hacerse anormal, como fue siendo de mal en peor de lo natural a la excepción, de lo regular a los extraordinario, justamente eso cuando lo extraordinario comenzó a convertirse en ordinario y ellos a confundirlo, cuando en el segundo tramo ya adolescentes comenzaron con las libaciones de bebidas alcohólicas que consiguieron en cualquiera de los almacenes del pueblo y largos sorbos que hacían en la plazoleta del pueblo lejos de las miradas de sus mayores y auscultando a las amigas de la barra siguiendo atentamente sus recorridos que andaban circulando por detrás de los tipos mayores que se animaban más que el Toto y sus amigos cono lo que a ellas les gustaba o andaban buscando, ellos perdiendo porque apenas se animaban a rozarle sus manos en los selectas o los matinés del cine del pueblo, bebiendo y aprendiendo a ciegas sobre el propio sexo o por el compartido se fueron encontrando con los entramados de la juventud cuando lo extraordinario no fue más natural en los tiempos que terminaron la secundaria sin salida laboral, cuando comenzaron los chismes de las peleas de unos con otros, cuando los amigos pasaron a ser enemigos y los enemigos que no se conocían comenzaron a tener el aspecto de amigos, para buscar trabajo especialmente para los chicos que necesitaban urgente colaborar con parar las ollas en sus casas, maestros normales o peritos mercantiles que no contrataba ningún empleador por falta de confianza en las capacidades, de nuevo los anormal en normal en esa parte del juego que se complicaba mientras enseñaban de lealtades a himnos y banderas lealtades inexistentes, pareciendo que esas descalificaciones fueran la consigna en un lugar de imbéciles que crean escuelas con egresados no sirven porque no saben, la parte más natural de laberinto que cruzaron fue cuando comenzaron a tener prerrogativas de adultos, de las malas y de las buenas, allí el embrollo se hizo una maraña, y la luz la oscuridad, porque aquellos que se las pasaron diciendo de hacer feliz a las infancias fueron los mismo que no dejaron lugares para los infantes devenido en hombres, frustrados, borrachos, muriéndose uno tras otro, o encerrados como minutauros perdidos en un laberinto inexpugnable.
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