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Sunday, August 28, 2011

cara o secas

Cara o ceca.
Cara.
De ilustres desconocidos pasaron a ser ilustres conocidos, el mayor de las arenas de pronto fue un personaje que entraba y salía de la municipalidad como pancho por su casa y como habían entrado y salido los intendentes elegidos antes y los que no se eligieron o a los que no elegía el pueblo sino una junta de comandantes que dicho sea de paso sus integrantes se reventaban entre ellos, un día un general, cara, al otro día un morocho brigadier, ceca, sino era un contra almirante y hasta alguna vez un coronel que nunca fue precisamente de la farolera que se tropezó, cara o ceca, como había entrado y salido el médico díscolo radical devenido en peronista como resultado de transar por sus sueldos que eran más bien un poco más que sueldos con los negros del sindicato, en realidad un fanático de los asados regados con varios tintos que entró en la elección democrática de mitad de período del setenta y cinco, y que se fue en la mañana del veinticuatro, para no decir que lo fueron porque en realidad no lo dejaron ni levantarse normal esa mañana porque se lo llevaron como a cualquiera por averiguación de antecedentes en la madrugada y en una de esas camionetas que en las mañanas circulaban los ingenieros de campo de la empresa, de pronto ese mayor de las arenas hacía igual que los que lo precedieron o impusieron los otros los que estuvieron primero por el sesenta y dos, poco a poco, de la noche a la mañana ese mayor secundado por un escribiente que le oficiaba de secretario de gobierno, un exquisito maestro normal nacional victoriano que se ocupaba de todo, de llevarle la agenda hasta de conseguir un par de putitas para el patriota que en la adversidad estaba lejos de su familia y especialmente lejos de sus mujer y entonces necesitaba algo más que cariño de unas gambas bien abiertas de hembras predispuestas, poco a poco inspeccionando la construcción de pequeños puentes urbanos, la regularidad de la recolección de residuos, el funcionamiento del dispensario donde desbarató una red de enfermeros rateros que se afanaban parvas de penicilina y vacunas de paludismo, así se fue imponiendo como parte del paisaje de todos los días, porque el primer día había más bien como un espíritu festivo en la gente de esos espíritus que son masivos y van en paralelo con todas esas pelotudeces de la nacionalidad flameando como la bandera, porque al primer descuido o al primer soplido del viento más bien cambia la dirección del viento como cambia la dirección de lo que se piensa, los mismos vecinos dijeron qué suerte porque ya eran muchos y densos los líos, los zurdos andan por todos lados pudriendo a nuestros jóvenes.
Ceca.
De pronto a la semana de haber estado todos juntos bailando tiburón de los wawancó el último sábado antes que ellos vinieran en la casa de la Blanca y el Tomasito, apareció exaltado el cartero en la peluquería del pueblo diciendo que el mayor le dijo que uno de los molina de su absoluta confianza, el más grande de los fotógrafos de las fiestas de quince y los casamientos, le dijo que al mayor al intendente le fueron con el cuento que el hijo del cartero, el que estudiaba en el jardín de la república llevaba y traía mensajes para la profesora de literatura la que estaba buena que en vez de enseñar de Cortázar hablaba del manifiesto comunista, que esa mina a la vez le pasaba los mensajes a su marido que era el secretario de los mecánicos y era bien combativo, le dijo que eso no se hace en estas épocas que lo tenía que hacer dejar la facultad al pendejo porque allá en la tierra de monteros hay un general muy hijo de puta que a la larga o a la corta lo doblegará a él o a cualquiera.
Ceca.
De pronto el desaliento, la bronca la furia contenida emergiendo en chismes de diversa estofa escribía el periodista del pregón que llegaba todas las mañanas en el colectivo que pasaba para el norte a las cinco de la mañana, de pronto sin querer el que fue amigo pasó a ser el enemigo, de pronto se acabaron las fiestas en la casa de la Blanca y el Tomasito y todos empezaron a caer en el comodín porque en la confitería andaban todos sospechados sospechosos y sospéchate, de la noche a la mañana los que eran amigos pasaban a ser enemigos sospechados que iban y venían con cuentos al intendente que sin concejo deliberante firmaba las ordenanzas que se le ocurrían como correr a los mendicantes del pueblo y hacer cumplir las obligaciones tributarias.
Cara o ceca.


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