Cotillones y apagones.
Carnavales por nuestras cabezas, eso es lo que pasaban, como solitarios corzos en corsos enteros de disfrazados y distendidos y divertidos cortesanos del rey de la noche, eso el lo que fuimos en el ritmo de las noches, peones de ese rey que para nosotros era el catamarqueño que había abierto Catriel, el boliche más moderno de varios pueblos a la redonda, con luz blanca y guirnaldas de todos los colores colgadas y que giraban todas en las circunferencias de las tres pistas, que el muy canchero había habilitado para divertidos, melosos y calentones, según su particular catálogo de calificaciones que él nos ponía como un buen emperador en retirada, y además proveedor de los cotillones que entonces utilizamos para hacer nuestras llegadas, los chicos con las chicas, las chicas con los chicos, eso era el paraíso levantarse a la odalisca más bella y picaresca que se tuviera a mano.
Carnavales por nuestras cabezas llenas de cotillones, danzas floreos y avances que intentábamos una y otra vez, eso es lo que nos pasaba, mientras circulábamos y evitábamos los controles de los milicos que obligaban a recitar el número de documento de identidad de memoria sin que encontraran a nadie que se le ocurriera gritarles que era una pelotudez de aquellas, para caernos por Catriel adonde entrábamos y salíamos varias veces en una noche y por joder le decía al negro que seguro que Marx no nos aprobaría ni las liturgias ni las procesiones burguesas nuestras y él sistemáticamente me contestaba lo mismo, la misma y profusa contestación de siempre que no anduviera jodiendo con eso que era muy serio para todos los compañeros obreros y reprimidos, esclavos de un sistema que era perverso y que necesitaban de las liberaciones que vendrían con la guerra de las guerrillas y la teología de la liberación que trajeron tantos curitas buenos que anduvieron dando vueltas acompañando a la gente del pueblo.
Si no hubiéramos tenido tanta carga en nuestras cabezas de las cosas que nos pasaban quizás hubiéramos andado más tranquilos la noche del primero de los apagones, que se fueron desde esa noche de julio del setenta y seis que fue la última en que nos vimos.
Más tranquilos como para despedirnos en medio de los apagones.
Porque cuando se apagó la luz él se perdió como si se lo hubiera tragado la tierra, negro al negro escapando de los que él ya sabía lo andaban buscando, y cuando volvió la luz yo seguí en el baile con la luz de las guirnaldas, blanco al blanco de los que entonces andábamos distraídos.
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