El discurso de la distracción o la ignorancia.
Yo – Me he preguntado frecuentemente cuál es la actitud moralmente más condenable, la de uno que lesiona a muchos o la de muchos que quieren se lesionados por ese uno o por unos pocos o la de los muchos que están de acuerdo con que la de uno lesione a otros muchos mientras no sean los primeros muchos, es una pregunta casi obvia pensando en las cuestiones que vamos pasando, tragedias que se arman para muchos con muchos en contra de muchos a pesar de muchos, porque un loco o un iluminado comienza a proyectar su locura o sus sueños o cómo quieran llamársele a sus delirios de poder generalmente, cuál es el mejor o el peor comportamiento, la cualidad ética del que se aprovecha de la distracción o de la ignorancia de la gente persiguiendo fines absolutamente personales e intransferibles, en muchos caos inconfesables objetivos de vanidades de excesos, o las maneras en que se conduce moralmente la misma gente haciéndose la distraída o la ignorante, o siendo verdaderamente distraída o ignorante porque de esa forma consigue lo que necesita o más de lo que necesita, viendo al soberano en muchísimas oportunidades, o sufrir la lesión moral de quien se comporta con la estatura moral muy reducida como si realmente no le pasara nada como si estuviera con las reacciones reducidas viendo cómo la dignidad se le escapa de las manos de las maneras más ordinarias imaginables, mientras recibe los sobrantes o las limosnas de quienes lesionan, o viendo un soberano que a veces se postula a sí mismo como un adalid de democracias o de procesos que están exclusivamente para sacarle el jugo a la gente, falsos ídolos o falso profetas a los que no les importa directamente la forma fraudulenta, pero ante ese interrogante de siempre probablemente la respuesta es que es peor el que lesiona en forma individual y potencia sus lesiones en la masa de individuos, que la lesión que provoca la misma masa de individuos pasando por distraída desapercibida e ignorante, que es peor el que prepara su discurso para una masa de ilusos y confiados y además de distraídos y tal vez de ignorantes que negociaron dignidades en algún tiempo de la historia propia y de la historia común, porque en definitiva por la forma de ser que tenemos queremos parecernos más al que embroma que al embromado aunque los pocos embromadores que andan suelto nos embromen cada vez que pueden de la manera más mil posible, de cualquier manera creo que no hay dignidad de ninguna de las partes aunque el dinero compre un tipo de dignidad que cotiza bastante bien en los mercados habituales donde se comercia con comida, los trapos mínimos para vestirse, y los valores y las dignidades que a veces parecen justo los que no son, un juez o un docente esquivando concursos son indignos como es indigno un gobernante con discurso vacío porque sabe que aunque diga cualquier cosa la gente lo seguirá porque lo prevé del alimento o del sustento considerado como el sustento por el propio sujeto, indigno es el hambre en un ser humano pero más indignos somos los millones que lo permitimos para que otros millones de hermanos de género se mueran de ese mismo hambre, aunque haya mil formas de disimular la indignidad y encima darle un toque de solemnidad.

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