Reflejos.
El silencio en las palabras habladas.
Hay palabras que no se dicen pero que aparecen con largos silencios.
En esos días apenas si nos dirigíamos las más elementales palabras.
Si.
Porque entre la medición de su personalidad que yo había emprendido como si fuera un ingeniero midiendo distancias alturas y resistencias, de nuevo en el trabajo y por tanto de un burdo y pelotudo novato, y la que él emprendió seguramente de la mía con la ventaja de los años que allí llevaba, fuimos superviviendo acostumbrándonos sobreviviendo en medio de tensiones espesas y tirantes.
Sabíamos que debíamos convivir, o supongo que él lo sabía lo mismo que yo lo sabía, por lo menos mientras permaneciéramos ahí, allí nos habían puesto otros individuos que oficiaban de jefes, y no había nada que hacer, debíamos comunicarnos.
Por esos días había momentos en que los buenos días o las buenas tardes o los intrascendentes comentarios sobre el tiempo quedaban de lado.
Por esos días también nos sorprendimos muchas veces, por lo menos yo por mi parte me descubría más bien no sé muy bien si él, mutuamente, observándonos como si estuviéramos atisbando horizontes oscuros y desconocidos.
Supongo que midiéndonos, tareas que hicimos con nuestras miradas, no se si con la de él pero por lo menos con la mía me esforcé y lo hice, faenas que no sé muy bien porqué fallas de la condición human encendían en nosotros, por lo menos eso es lo que yo de él sentía y suponía que debía sentirlo, rechazos naturales rencores anticipados antipatías probablemente iniciadas en otros momentos en otros instantes seguro que con otras personas porque por lo menos yo a él nunca lo había visto.
Así que de mi lado no había explicaciones a las distancias que obviamente atrasaron la comunicación si hubiera habido alguna posibilidad que la tuviéramos, mucho más rápido de lo que podrían haberlo hecho hasta el límite del paroxismo las palabras que no nos dijimos, sincopes de silencios elocuentes a los que se sumó, inexorablemente, el espíritu burocrático que nos rodeaba en las grises y oscuras oficinas que entonces ocupamos, o los espíritus si fueran muchos, esos efluvios invisibles que circulaban por pasillos angostos y oscuros y por oficinas abarrotadas de expedientes amarillentos y atados como si fueran matambres de papeles que transportaban de uno para otro lado esos mismos fantasmas en horarios diferentes a los nuestros.
Entonces fue cuando creí que debí emprender esa comunicación cortada, yo venía de la universidad, era un alfabeto con estudios superiores aunque él supusiera, si lo supuso que de tan superiores eran inferiores, partes de esas mismas instrucciones por las cuales yo supuse que debía pasar sobre impulsos y emociones o vanidades que se pudieran haber interpretado diferente para darle la impresión que yo era algo así como superior a él que por contraste pasaba a ser algo inferior, error del código genético de las relaciones en un lugar con analfabetos que entienden como único lenguaje el que se acompaña a latigazos y rigores.
Estos fueron mis prejuicios.
Pero inútiles fueron mis esfuerzo, y estoy seguro que él ni hizo ninguno, él no quería comunicarse conmigo, posiblemente aunque yo lo creyera distinto yo no quería comunicarme con él, mi presunta inteligencia chocaba con su presunta experiencia, insalvable distancia.
Desidias.

No comments:
Post a Comment