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Friday, July 01, 2011

enésimo discurso de la invisibilidad y los olores

Discursos de la imbecilidad de la indocilidad de la indolencia de la invisibilidad de la primera intolerancia, de los olores.
Y entonces, de pronto, se venía toda la información bajo la forma de nubarrones que se cernían sobre un cielo que tal vez nunca estuvo despejado sobre un cielo que a lo mejor nunca está despejado, y entonces de pronto se venía toda la información sin filtros, sin mucha gente cerca predispuesta o comedidos a dar una mano para ayudar con las dudas para auxiliar con los descuidos después de los tropezones y las caídas, que entonces de pronto por ser las primeras fueron sumamente dolorosas y con nadie, pero nadie, en la retrospectiva ni en la perspectiva, por la vida no se evolucionaba de la misma manera en que se va evolucionando en un tour como si se anduviera de turismo otra que turismo con las que van y las que vienen todo el tiempo y que empezaban allá a lo lejos con olores de los que ni siquiera teníamos tenemos o tendremos conciencia como habrán sido de fuertes las deposiciones que tan pacientemente limpiaban de alguna manera los seres que nos cuidaban y nos amaban, cuando entretenidos en otras ocupaciones percibíamos cada olor de la estaciones llegando con el de la flor de los lapachos con el humo de las fábricas en invierno con el de los brotes de los paraísos en las primaveras y con el de la caña de azúcar en cada otoño, todos esos aromas llegando y saliendo de nuestros sentidos todo el tiempo del tiempo de las historias, y entonces de pronto se venía toda la información, la buena la mala la regular, la que llegaba en esa época en la que no había presentimientos ni los podía haber porque para tener presentimientos hay que tener memoria y entonces de pronto por allá nuestra memoria era absolutamente incompleta, parcial, parcializada, aunque progresivamente íbamos reconociendo tomando conciencia de nosotros del entorno de nosotros que a los tumbos comenzábamos a presentir que la vida no era un paseo aunque algunos así la consideraran, plagada de señales que llegaban plenas a cada sentido y al olfato en este caso, como los ruidos de ayer y los olores aunque entonces como aquellos fueran de a poco entrando en nuestras conciencias a nuestras sub conciencias a nuestras inconciencia que funcionaban también y aunque no lo sabíamos ni lo supiéramos nunca, ocupados como anduvimos en clasificar y aprovechar las pocas decodificaciones que hacíamos o nos llegaban como la tarde que conocimos directamente un aparato reproductor femenino por los oficios de una prima comedida y recaliente que se prestó a mostrarlo sin mayores condicionamientos, así fueron quedando para siempre el olor de la pizza recién sacada del horno de barro a temperaturas increíbles que unos mozos servían con bandejas derramadas de hebras lácteas en un bodegón de cerca de la casa de los abuelos en la madre de ciudades ese olor acompañado con el olor del orégano y de las aceitunas negras y frescas que se salpicaban a pedido, y cocinada a fuego lento como entonces se cocinaban las relaciones de la gente y sus secretos, o el de esa leche cuajada que preparaba la vieja que más nos amaba a su manera casi sin hablarnos y sin caricias en épocas en que las caricias entre la gente eran raras como raras las sonrisas y los gestos, o el aroma inconfundible de la salsa que otra vieja más joven ponía en el mismo plato en el que servía la pasta de los domingos.
Perfecta en medio de otras imperfecciones inolvidables y culinarias.
Imperfecta en medio de otras perfecciones comestibles.
Cuando fuimos imbéciles, invisibles, irresistibles aunque no lo supiéramos.

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