Pages

Thursday, June 30, 2011

discurso de los ruidos

Discurso de la invisibilidad, la imbecilidad y los ruidos.
En los años que fuimos invisibles, presuntamente inservibles – uno que otro partieron para siempre creyéndose eso destruidos antes de empezar antes de empezar a andar construidos – en los años que fuimos imbéciles, muchos años pocos a lo mejor porque a veces un puñado de años son más que un puñado de años o varios puñados de años, porque a veces una pilada de años es apenas un año a lo mejor un par de años aunque después aparezcan como un montón de años, en esos años fuimos escuchando muchos de los ruidos de la propia vida que luego por reconocimientos de la memoria nos sirvieron mucho par sentir alegrías liviandades tristezas malos presentimientos o para tener malos augurios, en esos años de ruidos y de sonidos dormimos asustados imaginando monstruos horribles en viejos e hinchados sapos que croaban de diferentes maneras con sonidos graves o agudos sin distinguir siquiera por entonces porqué los hacían y si fueran batracios malos y escupidores o ranas flacas buenas y desnutridas cantando en la noche o soñado junto a la laguna como contaban con la letra de una zamba los clachaleros de carne y hueso, porque los otros con algunos gorriones y canarios trinaban en las mañanas temprano grazneando insistentemente hasta que ese sonido poco a poco comenzaba a ser apagado por otros más potentes, esos ruidos se iban pegando como nosotros que a la vez nos fuimos pegando a las cosas de la vida cuando descubrimos el arroyo susurrante y murmurador de la pantalla que tal parecía que se quejaba del caudal que los dueños del riego imponían para saciar sus necesidades de energías, agua que chapaleaba cantaba y hervía como renegando no contra nosotros que entonces nos tirábamos como bombas que del cielo caían sino contra esos patrones que en algún lado esperaban su llegada después de encauzarla y de darle un curso forzoso, en esos años de ruidos escuchamos siempre las campanas de la iglesia desde lejos, en los lugares donde anduvimos invisibles para los adultos que nos ignoraban en sus programas fiestas y aniversarios invisibles para los niños entre los cuales irremediablemente yo no estábamos, en los lugares donde prendimos fogatas en atardeceres para escuchar los cuentos de los que contaban atizando un fuego que estallaba y crepitaba mientras como imbéciles nos hacíamos bromas tan pesadas que alguno hasta terminó con una bala de aires comprimido en la pierna un fuego que chisporroteaba y chispeaba mientras escuchábamos también en gallineros lejanos cacareos de gallinas anunciando sus huevos o la presencia de algún gallito que cacareaba más que ella.
Más perfección que aquello imposible, la imperfección amontonándose con los ruidos de la vida.
Más imperfección que aquello imposible, la perfección amontonándose con los ruidos de la vida.

No comments:

Post a Comment