El discurso de los privilegios.
Fueron muchos, pero muchos, infinitos los laberintos que el Toto y los niños recorrían diariamente en el laberinto original de ese pueblo que iban conociendo al centímetro, fueron muchas las marañas que iban cruzando sin comprender cabalmente las sustancias de esas primeras partes del viaje que como todas las primeras partes de cualquier viaje en los días de las primeras energías eran antes viajes con novedades que viajes rutinarios, levantando la vista oteando los horizontes bajando la vista, asombrándose de los que habrían ser sus más hermosos asombros, perdidos encontrando reanudando, en esos meandros en esos alborotos en esas sinuosidades que se sucedían sin conclusiones cotidianas, no había finales a los sumo interrupciones como las que se produjeron con mamadera y el rusito que se habrán escondido bien y para siempre, nada se cerraba todo quedaba abierto en ese pasado de un pasado que iba siendo mejor que los presentes más duros o más inclementes, fueron muchos tupidos los caminos conocidos o con trampas que fueron transitando, corriendo con el corazón en la boca o pedaleando por todos lados en busca de nuevos amigos que llegaban porque sus padres llegaban a trabajar en el pueblo, en la fábrica de azúcar en la obra civil de la fábrica de papel que por esos días estaba en plena construcción con miles de obreros que a la distancia parecían hormigas abigarradas cerca de su propio hormiguero.
El gringo Matos era hijo de Abdul el turco que así le decían a su papá en el pueblo donde lo asociaban con las mil y una noches simplemente por su origen y otras distinciones que sobresalían, porque la mitad de los que vivían ahí eran obreros de la fábrica y la otra mitad eran empleados de la administración de la fábrica y, salvo las excepciones de una docena de policías, los médicos y las maestras, y dos carteros que estaban a la orden del cartero José Cabrera, los demás eran los dueños o los parientes de los dueños que bajaban especialmente en las vacaciones de verano a jugar el tenis en las canchas de ladrillo del club social y a organizar fiestas majestuosas con el personal jerárquico que ellos consideraban que debían ser invitados, a excepción de toda esta lista todos los demás eran iguales, salvo el gringo Matos que era el propietario de un quinto de manzana pegada a la soltería y al costado del imponente cine del ingenio.
Toda esta información ni el Toto ni los niños nunca la tuvieron, pero cuando lo descubrieron, con la puntualidad del tan tin del reloj del campanario de la iglesia, todos los días a las siete de la tarde se paraban en la esquina del galpón inmenso que era la casa del gringo Matos además de un bar lleno de parroquianos que él mismo explotaba y un salón de bailes de los sábados a la noche para entrar al cual había que pagar la entrada que él en persona cobraba, se paraban allí hasta el momento en que caminaban hasta el baldío que ellos sabían, y cuyo límite era la pared que daba al patio de la casa del gringo.
El gringo Matos era un privilegiado aunque decían que el privilegio le venía de Don Abdul viejo comerciante de Buenos Aires que le vendía casimires a Wolman y que ya radicado en el ingenio porque venía escapando de una deuda con la justicia, le juntaba las mejores meretrices de la zona en los veranos en los que el patrón se instalaba en ingenio por dos meses, y de acuerdo a las instrucciones se las iba instalando en la sala a razón de una por noche, un agradecido Don Abdul que le había pedido también que le apadrinara al hijo, el benjamín de los hijos que había tenido, el gringo Matos.
Así que el privilegio del gringo era excluyente, era el único propietario del pedazo e tierra que ocupaba, todos lo demás lotes eran propiedad de los dueños del ingenio.
Hasta la parte de atrás del galpón, de la parcela donde estaba la vivienda del gringo, llegaban el Toto y su amigos, puntuales cada tarde casi al anochecer, a pararse en un morral de tierra para pasar y ver desde arriba de la tapia que daba al patio de la casa del propio gringo Matos, ellos sabían que les alquilaba unas piezas a la meretrices que se afincaron cuando Wolman murió porque no tenían adonde volver, desde ahí, parados en puntas de pies las miraban ligeras de ropas imaginando desnudos esos enormes pechos sin saber muy bien qué más mirar, ese era el privilegio de los niños, y algunos días de Roldán y Juan Venegas que retozaban con ellas y les pagaban unas cervezas.
Era el mundo perfecto, un laberinto perfecto en otros laberintos de esos niños en el mundo imperfecto del gringo Matos o el mundo imperfecto de esos niños laberintos de laberintos en el mundo perfecto del gringo Matos.

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