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Thursday, July 14, 2011

discurso de las contradicciones

Discurso de las contradicciones.
Cuando Roldán desplegaba el cachemir para mostrarle a la señora Mariotti, apareció Juan Venegas mostrando su muñón como si tuviera un trofeo entre sus manos, o más bien el final de lo que le había quedado de su brazo derecho, allá en la punta, como un improvisado ramillete de naranjitas japonesas adheridas a lo que parecía la horma torpe de una mortadela terminada de manera desprolija, ahí estaban los resultados de casi cinco operaciones de los cirujanos del hospital del ingenio y de un par de meses de convalecencia que los médicos dispusieron que los pasara en el hospital porque era tan bruto que si estaba en su casa se escapaba a sus parientes para ir a su trabajo.
Sin importarle que su amigo se encontrara desplegando todas sus dotes de mercader mediterráneo, metro en mano y tijeras trajinado en medio de cintas galones y cordeles, convenciendo como podía a esa compulsiva y generosa clienta que se llevara el casimir para transformarlo en un elegante y oportuno trajecito para los té de las cinco de la tarde en el club social cuando se juntaba con otras mujeres a jugar a la canasta, Juan le fue contando de sus peripecias de recuperación, y mientras lo hacía le pasaba por cerca de la cara a Roldán ese muñón todavía rosado por efecto del escaso tiempo que pasara de las operaciones.
Mirando desde abajo donde andaban los niños escondidos entre los estantes parecían dos grandotes entretenidos y divertidos, grandes que jugaban distendidos como chicos,
El Toto sabía que Cacho andaba triste por lo de mamadera, era un poco más chico que él y los otros niños y tuvieron que decirle que se había escondido en el mejor lugar del mundo, por eso nadie lo encontraba, que a diferencia de ellos que todos lo días jugaban el mismo juego, mamadera había encontrado el lugar perfecto, algún rincón de ese amplio almacén grande que empezaba en la playa de camiones que entraban y salían para dejar provisiones y para llevarse la basura de todos los días, ese mismo almacén grande que terminaba en el más amplio salón de ventas con vendedores que a veces eran más que los mismo compradores, una cincuentena de empleados que además se encargaban de la provisión a los bolivianos que llegaban para la zafra que se llevaban de todo y pagaban con vales.
El Toto sabía que Cacho no le creía, que algo debía de haber sentido de toda la pelotera que hubo después del último día que mamadera estuvo con ellos, que por chiquitito que fuera debía de haber escuchado, le habrán llegado los gritos desgarrados que comenzó a proferir su madre cuando le avisaron, los alaridos cruzaban de punta a punta la docena de cuadras más importantes del pueblo y como pocas veces las sirenas de las dos únicas ambulancias habían estado sonando por varias horas, mientras bajaban y subían por la avenida de la libertad varias veces, él debe haber visto gente desconocida corriendo en todas las direcciones y a los señores más importantes caminar a paso rápido en dirección al hospital, por más que nadie lo haya visto a él se habrá dado cuenta que el cura Keiner entró en la casa de mamadera que justo estaba al lado de su casa.
Mirando desde arriba donde andaban los mayores conversando en serio o en broma, parecían niños tristes aunque se enredaban, chicos que jugaban preocupados como grandes.

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