Discurso de los descubrimientos.
A las meretrices que vivían en lo del gringo Matos les encantaba chichonear con Juan Venegas y Roldán, y a ellos les gustaba cachondear con ellas, dar vueltas con sus tic y sus maneras como buenos sabuesos perros guardianes o falderos, que se pasaban horas husmeando alrededor de las hembras oliéndolas sin hacer nada, unas horas antes de los inicios de los turnos en la Luz Roja el local que en los años sesenta puso González que vivía con una de ellas, y que habían descubierto y les vino como anillo al dedo desde que se quedaron huérfanos del ricachón del patrón que las tenía a sueldo como el más calificado de sus obreros o de sus maestros azucareros, sueldos libres de viáticos porque en el hotel de Carrizo les proporcionaban alojamiento y comida de primera por lo que no necesitaban siquiera cafishios que las regentearan, esa sarta de vagos que no hubieran ido conociendo, pescados secos que las explotaban, si el viejito alemán no hubiera muerto, él era muy bueno con ellas.
Juan Venegas y Roldán descubrieron por esos días que cualquier sobreprecio sobre el que ellas mismas ponían por sus favores cuidadosamente clasificados, sexo normal sexo oral sexo anal o cualquier otros sexo que se les ocurriera, les venía de parabienes, y descubrieron que ambos tenían restos de sus ingresos que les fueron permitiendo hacerse de un par por lo menos de esas saludables mujeres tan mansamente sometidas a los pedidos que siempre eran más exagerados que los que en realidad después se daba, ellos pedían y después no les daba el cuero comentaban entre mate y mate en las tardes cuando descansaban.

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