El discurso de la clase.
El Toto y Chala mandaban sobre ese grupo de chicos grandes.
Esa decena de niños que los días de fiesta en el Club Recreativo correteaban entre las mesas molestando a los mayores que se contaban sus cuitas entre una cerveza y otra, esperando que la orquesta de Jorge Ardú comenzara con los mambos que de todas las melodías del repertorio eran las preferidas por la mayoría de los que bailaban, mientras todos observaban al maestro moviendo sus brazos sujetando una trompeta que de a ratos tocaba, especialmente en los cambios de ritmo con una habilidad que solo él tenía en ese gran escenario, de tablones lustrados y una cortina de terciopelo carmín que jerarquizaba el fondo que daba a candilejas y bastidores, esa docena de niños en edades parecidas que crecían sin conciencia, torpes y juguetones distraídos de las niñas que iban para querendonas, rompiendo en sus carreras los cotillones y la cadenas con los colores patrios que adornaban el salón del centro y los salones laterales de baile, amplios salones adonde llegaba la música por amplificadores del tamaño de las puertas, entre todos esos obstáculos el Toto se imponía encima de los caprichos de Chala, aunque eran chiquilines todavía y nadie se fijaba en ellos cuando no molestaban.
El Toto y Chala mandaban sobre ese grupo de grandotes pero niños.
Que caían regularmente a las nueve de la noche ni un minuto más ni un minuto menos del primer día del carnaval grande y de la misma forma y a la misma hora cada día de los tres días que duraba y de la misma forma el primer día del carnaval chico y cada uno de los días de carnaval chico bailando lo que viniera en la pista de Boca Júnior, en realidad una cancha de básquet que no se usaba porque los presidentes que pasaban cedían a los pedidos de la hinchada que era una hinchada de negros y ordinarios a los que les gustaba el fútbol solamente, y los bailes de carnaval que por eso eran la actividad más importante del club después del fútbol de los domingos, ahí se metían la decena de niños grandes que embadurnados con pintura al aceite y mojados de los pies a la cabeza pasaban desapercibidos en medio del gentío que bailaba sin formas ni protocolo al ritmo de las cumbias de los cuartetos y los tríos, parejas desparejas que a veces se empardaban y entonces aparecían niñas ofendidas o lo que era peor galanes despechados que borrachos amenazaban a todos con peleas, cuartetos imperiales o los tríos bolivianos que entretenían con su ritmo hasta las horas que llegaban los artistas más importantes y contratados, en ese menjunje de pinturas y de harinas y de engrudos y de transpiraciones y de cueros y cuerpos pegadizos y resbaladizos, de lujuria y borrachera el Chala se imponía sobre los caprichos del Toto, menos torpes y más atentos de los juegos de las niñas que iban para querendonas pero que no los miraban porque ellas andaban detrás de los más grandes, aunque apenas comenzaban a ser grandes sin haber dejado de ser niños todavía y nadie se fijaba en ellos cuando no molestaban.
siempre un escalón más,para arriba o para abajo, siempre algo que sobraba y algo que faltaba como en estas fiestas, exclusivas de empleados, exclusivas de obreros.

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