El discurso de la perfumería.
En esos días nadie le fue explicando al Toto que las historias comienzan y terminan como las cosas como la vida misma, empiezan, o terminan.
Menos la de él de esta la vida que para él recién comenzaba y en la que todas eran buenas noticias, o casi todas a decir verdad, con las excepciones de lo que pasó con el rusito y mamadera y de algunos resoplidos de papá y de algunas discusiones de su papá con mamá que le preocupaban mucho aunque se pusiera lejos de los temas y los detalles cada vez que sin quererlo mucho los escuchaba.
Era la intensidad de esas discusiones lo que le molestaba en su mundo cálido y confortable, pero esa intensidad que no le gustaba y que le causaba imperceptibles escalofríos y temblores que le impedían esbozar palabras porque le decían que los chicos no deben andar metiéndose en cosas de grandes y lo retaban, ese ímpetu de gritos que lo asustaban se morigeraba hasta las próximas veces con las buenas noticias que llegaban prácticamente a un ritmo de una por día.
Como esa noticia que llegó justo ese día una tarde de otoño oscurecida más por las cenizas que salían al aire libre de las chimeneas de la fábrica de azúcar que por las nubes en el cielo, esa tarde casi una noche temprana por culpa de dos chimeneas de esa fábrica que como un gigante invisible que estuviera durmiendo atemorizaba a los lejos con ruidos de todo tipo y sus sirenas de cambios de turno y otros cientos de ruidos remotos de hierros triturando paquetes enteros de caña que como cilindros apretados con cadenas llevaban los camiones hasta el canchón de carga y descarga.
En explosiones de vapores largados a la atmósfera o martillazos fuertes sobre metales invisibles que se escuchaban en las calles del pueblo en donde retumbaban, como los gritos de alegría que retumbaron en la casa con esa noticia que llegó con su papá volviendo de su trabajo justo ese día de una tarde de otoño cuando él trajo esa ametralladora de juguete tan perfectamente reproducida esa pequeña réplica de un arma de los aliados y de plástico a la escala de sus pequeñas manos resguardada y perfectamente presentada y envasada al vacío en el terso celofán plateado.
Pero más que la belleza de esa pequeña arma de juguete a escala y la sucesión de juguetes que fueron viniendo en manos de su padre a razón de uno por día, algunos relacionados bajo la forma de estímulos a la suerte del Toto en la escuela y otros simplemente porque se trataba de un niño obediente, la buena noticia que llegó para él esa tarde es que la perfumería en la que papá compraba los juguetes quedaba en la esquina de su casa.
Y que apenas con unos pocos pasos se llegaba hasta allá para pararse ante su asombrosa vidriera en la que se mezclaban juguetes en miniatura otros juguetes, algunos útiles escolares como lápices o cuadernos que se mezclaban finamente con jabones de tocador en finos estuches de todos los colores, colonias tipo inglesas, alicates y cepillos para el pelo o la ropa y otras miniaturas o no que se vendían al por menor, todo muy bien acomodado por ese puntilloso Sr. Martínez que él como la vidriera también impecable acicalado con pantalón oscuro camisa blanca y corbata también oscura, cada vez que veía al Toto con sus grandes ojos mirando asombrado ese mundo de perfumes y juguetes que como una rara pecera daba a la vereda, se acercaba para entusiasmarlo, vendedor avezado sabiendo que a la larga o a la corta pasaría el papá para llevarse encargos del niño.
Esa fue la noticia para el Toto, porque desde ese día todos los días, menos los sábados a la tarde y los domingos cuando la perfumería estaba cerrada, con lluvia con sol, antes o después o cuando fuera o cómo fuera, fue repitiendo esa rutina de pararse frente a ese inmenso vidrio empotrado en una esquina del local de la perfumería, para ver las novedades de juguetes más que los de productos de tocador que el Sr. Martínez cambiaba frecuentemente con su simpatía de vendedor astuto que se daba cabal cuenta que en ese rectángulo de exposición estaban todos los anzuelos para los peces del pueblo que pasaran cerca de su pecera.
El Toto entonces fue todos los días hasta que un día la encontró cerrada, creyó que se había equivocado que se trataba de un feriado, pero cuando preguntó unos hombres le dijeron que la empresa que era la dueña de todo en el pueblo había decido cerrar la perfumería.
Aunque en esos días nadie le fue explicando al Toto que las historias comienzan y terminan como las cosas como la vida misma, terminan, o empiezan.

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