Discurso del primer laberinto,
El día que vieron pasar corriendo a Juan Venegas el carnicero, el Toto y los niños jugaban a las escondidas doblemente con Quique el hijo de Roldán que era quien gerenciaba el almacén grande que ellos usaban para divertirse, ese día como otros de los que ya ni se acordaban, jugaban a las escondidas doblemente porque además de esconderse para buscarse entre ellos seguían un poco los códigos de esconderse también de ese jefe y de algunos de los empleados que no los dejaban andar por los pasillos cuando eran las horas de trabajo.
Entonces se encontraban fácil, porque había momentos que no sabían de quienes se escondían.
Esos pasillos eran el laberinto preferido de ellos, esa maraña esas docenas de metros que iban en todas las direcciones en senderos marcados por mostradores improvisados por todos lados, sendas algunas paralelas trayectos otros perpendiculares, dibujados con las repisas y limpios los tablones de arriba que se usaban para mostrar la mercadería, y atiborrados los estantes de abajo donde doblada prolijamente se guardaba ropa y se guardaban docenas de pantalones y camisas y de mamelucos de trabajo mezclados con camisas y pantalones de hilos más finos que se vendían a los empleados que trabajaban en las oficinas y no en la fábrica de azúcar, cuyos ruidos se escuchaban afuera como si fueran los bufidos de un gigante enojado todo el día.
Gruñidos que circulaban también por los pasillos, como ellos como los olores mismos.
De esos estantes de los que algunos de los niños se afanaban cintas métricas impecables para divertirse y hacer renegar a los empleados que las perdían y recibían la reposición como responsables de la diferencia de inventario, porque perdían sus tiempos importantes si venía alguna señora a pedirles cortes de telas o algodones para toallas.
Esos callejones eran mejores que las callejas donde seguían las jugadas que hacían en la cortada del embudo en la playa de ambulancias de la antipalúdica y en el playón del propio almacén grande, donde además dos porta carteles inmensos servían para anoticiar a los transeúntes de las películas de matinée o de selecta.
Porque además de conocerlos bastante el Toto y los niños se guiaban por los olores que aunque mezclados, señalaban la prevalencia de alguna mercadería sobre otra y por lo tanto el punto geográfico del amplio galpón en el que se encontraban, como las esquinas en las que estaban los fiambres donde el olor del salamín picado fino prevalecía sobre otros especialmente en los estacionamientos de los veranos porque aunque amplios los espacios se volvían sofocantes, o en la esquinas de las especias o en los más difíciles atajos donde se encontraban apiladas las alpargatas nuevas o la ropa de grafa recientemente confeccionada que también tenían sus olores, o en las esquinas donde una tras otra se acomodaban las bicicletas que después se vendían a los cosecheros o en los lugares donde los estibadores amontonaban las bolsas de harina o de polenta con sus olores particulares.
Podían cerrar los ojos y saber del lugar donde estaban parados, escondidos o encontrados.
Así estaban el día que vieron pasar corriendo a Juan Venegas el carnicero, chorreando sangre y gritando por un médico.
Algunos de los que estaban cerca se fueron con él para ayudarlo.
Otros, que quedaron cuidando el almacén grande comentaron que se cercenó una de las manos con una sierra.
El Toto dijo, ya se la pondrán, y él y todos los niños siguieron jugando.

No comments:
Post a Comment