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Sunday, July 17, 2011

discurso del presente

Discurso del presente.
Para el gringo Matos no había no pasados ni mañanas.
De los primeros no le gustaba hablar menos desde que murió Abdón su padre que se llevó con él y a la tumba los secretos más inconfesables del Sr. Wolman, de los que bien podía reportar Don Abdón, y él mismo que lo vivió desde chiquito, escuchando incorporando información sin escuchar, que como siempre le repetía a su hijo para empezar a hablar de ese patricio se trataba de un caballero con mucha suerte que se ganó el ingenio en una timba de póquer en el Club del Progreso según también lo que le contara uno de los más paquetes de Buenos aires en las primeras décadas del veinte, y que para seguir en el orden de esa suerte para toparse como si fuera una cábala con el mismo progreso, se desvivía por las polleras y enaguas y cualquier meretriz más o menos presentable y que anduviera dando vueltas muy cerca, entonces eran muchos los silencios que el contador de la empresa, el bucólico Domínguez, debía comprar y a los precios más altos, secretos silenciados más que silencios y secretos que conocían todos en el pueblo pero que nadie se atrevía a mencionarlos, o a mencionarlas, a esas solitarias procesiones de mujeres de a una de a dos o de a tres entrando en las sala por las noches en los veranos que el patrón pasaba para comandar las reparaciones de las máquinas de la fábrica en el receso.
No le gustaba al gringo hablar de esos futuros que a algunos les gustaban, como al apacible de su amigo Domínguez que lo hacía soñando en mañanas que nunca llegaban con su espíritu de tacaño, contador cicatero cruzando constantemente las partidas dobles que registraba para la firma y las partidas dobles que él hacía con su propios ingresos de los sueldos, y claro también con los fondos de las gratificaciones, al principio miserables, que el mismo patrón le entregaba en recompensa de tanta puntillosidad y prudencia para manejar fondos por circuitos secretos con fines secretos de secretos inconfesables, al gringo Matos no le gustaba hablar de los mañanas para no perder sus privilegios heredados, porque con el ingeniero que llegó con la muerte de Wolman no se acabaron las franquicias pero tampoco aumentaron, después de los dueños él era el único propietario del terreno y el galpón donde vivía y además recibía algo así como una regalía, una asignación mensual que su amigo Domínguez le entregaba puntualmente el primer día hábil día hábil del mes que, como cada día de los infinitos días deambulando en sus propios laberintos de todos los laberintos del laberinto del pueblo, se sentaba con el gringo a chuparse una cerveza en alguna de las mesas que este desplegaba en el bulevar por el que paseaban los niños.
Para el gringo Matos no había no pasados ni mañanas.
Pero lo cruzó el presente, el día que blanco como una teta salpicado del carmesí fuerte de la sangre en su cara y su ropa como rojo era el color de las venas en sus pupilas, franqueó la puerta de la administración del ingenio, empujando a los porteros y lo que encontraba a su paso buscando a su amigo el jefe de contadores.
Tuvo entre ceja y ceja ese presente para decirlo sin palabras, no pudo con su quietud no pudo modificar su inmovilismo, para que el otro entendiera que él estaba en el colectivo que se estroló con el coche motor en el paso a nivel de la salida del ingenio, que había muertos y heridos por todos lados y que, como lo había visto porque subieron en la misma parada, él quiso socorrer a mamadera su hijo, que como los otros también habrá quedado muerto.

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