Discurso del modo.
Así y ahí comenzamos a darnos cuenta que en esa especie de confirmación doble del pasado iba quedando la esencia de las contradicciones que cruzábamos una tras otra, inconscientes para ponerlas en blanco entonces pero que inexorablemente nos rozaban no solo a mí sino al otro niño que estaba a mi lado sino también a los otros niños que deambulaban con nosotros por laberintos que ni ahí supimos resolver y fueron quedando inconclusos hasta otros momentos en que fueron apareciendo bajo la forma de mañas bajo la forma de destrezas no necesariamente virtuosas sino también viciosas mientras fuimos incorporando como propios los enlames propios de los otros como si fueran cargas propias las que en realidad eran cargas ajenas, todo un cúmulo de irresoluciones algunas de las cuales es de suponer no se resolverán nunca, en el modo de ir conjugando ese doble pasado, el pasado del pasado, de alcanzarlos y alejarnos y dejar atrás los futuros que alcanzábamos y no alcanzábamos, ahí y así estaban las escrituras más simples de los códigos que podían servir en parte para las lecturas que se necesitaban.
Y entonces fueron aflorando las justificaciones de las invisibilidades más importantes para entonces.
El hermano de mamadera no hubiera fallecido a los veinte años abrazado a parte de los hierros retorcidos de un colectivo que chocó contra el coche motor, si la mamá desoyendo opiniones del papá no le hubiera dado el premiso para el viaje en la época en que todavía se pedía permiso teniendo veinte años, si no le hubiera dado lo que antes no le había querido dar aunque se lo diera, ahí estaba el modo del pluscuamperfecto, el enredo que vivimos sin saber de papá corriendo detrás de las faldas de la Eufemia y de vaya a saber cuantas otras más de mamá despechada y haciendo de las suyas no hubiera sido si hubieran sido distintas las cosas que fueron como no deberían haber sido como finalmente fueron como fueron, ahí estaba el modo pluscuamperfecto, como estuvo en la muerte del hijo pequeño del ruso grande que se abrió un agujero en la cabeza con una calibre cuarenta y cinco con un revólver que encontró en el cajón de una mesa de luz de su papá, un cañonazo que no debería haber sido, ahí en el modo imperfecto del pluscuamperfecto estaban algunas de las respuesta a tantas preguntas sin respuesta que fuimos teniendo como siempre, en ese no debería haber hecho lo que hizo que fuera, echó hechos.

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