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Thursday, July 21, 2011

discurso de la indiferencia en la diferencia

Discurso de la indiferencia.

Si hubiéramos aprendido de los efectos dañinos de la indiferencia tal vez no hubiéramos sido indiferentes al menos cuando llegan las circunstancias en que no se puede ser indiferentes porque en realidad hay otras en que es más saludable serlo, cuando somos cínicos o somos hipócritas o confundimos la indiferencia con las piedades, cuando la desvergüenza nos vuelve impúdicos cuando los prejuicios nos rebalsan, si hubiéramos abierto entonces todo el abanico de significantes de la palabra boludo, el grandioso sinónimo de existencia cercana al pelotudo que nos indican tantas bajezas simultáneamente, por ahí esa palabra utilizada para hacerse el boludo, tal hubiéramos sido menos boludos de lo boludos que finalmente fuimos.


Mamadera murió más o menos a las cinco de la tarde de un miércoles, y lo velaron más o menos veinticuatro horas hasta más o menos las cinco de la tarde del jueves.

Durante esas horas, el Toto que ni se dio cuenta que hubiera estado con ese amigo si hubiera tenido el permiso que le pidió y su madre le negara, mujer que andaba llorando como en tiempo de descuento, suspendió los juegos sin saber muy bien porqué.

Siguiendo su iniciativa o por imitarlo los demás hicieron lo mismo pero sin mucha ganas, con el Chala y los niños algunos de los cuales también hubieran estado en ese ómnibus que unía el centro con el suburbio pueblerino si hubieran contado con los salvoconductos pertinentes, ya de por sí bastante apáticos con todo ese drama, indolentes para cumplir con las obligaciones y más con obligaciones que apenas comenzaban a conocerlas, lo guardaron solamente en un duelo con silencios y parte del cual la mitad se la pasaron durmiendo.

Sin comprender el luto a sus maneras, alguien les había dicho que en memoria del amigo que ha partido debían al menos guardar silencios y eso hicieron no como la mitad de los que vivían en el pueblo y que anduvieron conmovidos locuaces y asustados no como la otra mitad que más que hablar lloraban por la secuela de la tragedia, más de una docena de parroquianos de todas las edades habían quedado entre los hierros retorcidos, para ellos en la prohibición expresa y unánime de todos sus mayores, progenitores hermanos y hermanastros mayores como los mayores, de acercarse a la capilla ardiente montada en el salón de la sede del Sindicato de Obreros y Empleados.

Fue espontáneo el silencio en el que todos entraron por esas horas, además de la tribulación y sus abatimientos los sacaron de sus juegos, y vagabundos anduvieron ese día aislados de los gritos desgarrados de los parientes y amigos cercanos y de las conversaciones susurrantes de vecinos curiosos y personajes importantes por sus rangos en la empresa, que cuidadosamente, mientras pasaban ofreciendo cafés y caramelos, el jefe de personal cuidaba, para que se pareciera a un desfile de personas con un rango que fueras lo más parecido con el rango del padre del fallecido, que era el contador en ingenio y aunque personalmente él tuviera la costumbre, que el jefe de personal siempre le reclamaba, de juntarse por las tardes con la chusma a tomar unas cervezas.

Después de las cinco de la tarde del jueves, como si estuvieran saliendo de una eternidad de aburrimiento, y como si nada y muy antes del final de una jornada que invariablemente los obligaban a terminar como a las nueve de la noche, volvieron a sus juegos, olvidados por completo del amigo fallecido.

Ese día hubo otras indiferencias peores aunque no se dieran cuenta, como que nadie preguntó de un primo hermano de Chala que era de la barra, y que enfermó de una poliomielitis por la que no se murió pero que fue el motivo por el que no volvió a caminar nunca más, y ellos incluido Chala ni siquiera preguntaron.

Por esos días fue muy difícil entonces, saber si esos niños a diferencia de los demás del pueblo eran indiferentes, si una cosa les interesaba lo mismo que la otra, si eran indiferentes a las personas o directamente a las historias de las personas diferentes.

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