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Friday, July 22, 2011

discursos de las culpas

Discursos de las culpas.

Si al menos hubiéramos aprendido a distinguir las culpas que cargamos por cuentas propias por equivocaciones nominales, por los errores cometidos, lo que cometemos los que cometeremos.

Si al menos hubiéramos sabido separar la paja del trigo.

De las culpas que cargamos por cuentas ajenas, deslices, caídas o lapsos.

Y entre estas culpas que cargamos por cuentas ajenas, si al menos hubiéramos descubierto las culpas que esta bien que carguemos porque le aliviamos el peso a quienes queremos y las que no están bien que cargamos porque no tenemos porqué aliviarles el peso a otros que probablemente no lo merecen.

O la causa no es meritoria como para que anduviéramos perdiendo así hubiéramos estado creyendo que ganamos de todas maneras haciendo perder a otros que no tienen con nuestras culpabilidades ni arte ni parte.

Si al menos hubiéramos aprendido a distinguir lo que nos hace bien de lo que nos hace mal, y que a la larga ni siquiera entendidos que no fuimos, o filósofos o psiquiatras o locos, que fuimos probablemente o que no fuimos, como nosotros, no pudimos hacerlo por nuestra cuenta o no nos pudieron enseñar a seleccionar las cargas.

Si hubiera sido de otra manera probablemente hubiéramos podido seleccionarlas como algunos declaran que lo hacen probablemente más perdidos de lo que andamos nosotros, actuando de diferente manera tomando conciencia o la dimensión de las culpas propias y de las ajenas para no destruir a nadie como probablemente lo fuimos haciendo en función del peso de esas culpas ajenas que están cargadas en nuestras propias mochilas y entonces pesan como pesan, si al menos lo hubiéramos aprendido al menos hubiéramos actuado diferente de lo que verdaderamente lo vinimos haciendo.

Golpear a otro, especialmente a mujeres saltando con ellas de una cama a otra, probablemente atontados en ese sueño hedonista de los laberintos que no se resuelven de los erotismos permanentes como si en forma permanente por acá se estuvieran viviendo docenas cientos de infiernos simultáneos adonde hubiéramos entregado nuestras almas con tal de quedarnos.

Golpear a otro, especialmente a mujeres o a hombres indirectamente, quién puede estar seguro de la dirección y de la fuerza contenida en cada golpe, golpear por estar golpeado, por no haber podido descubrir en qué momento cómo cuándo recibimos ese golpe no reportado por nosotros mismos, aunque el saberlo hubiera significado dar vuelta nuestras propias construcciones, al final nuestras construcciones son de menos importancia que la vida misma de las otras personas de las que queremos y de las que no queremos.

Si hubiéramos sabido darnos cuenta sin que nadie nos dijera cuáles eran las cargas sobre nuestras propias espaldas hubiéramos puesto menos cargas sobre las espaldas de otros.

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