El discurso de PJP, ocho.
Entonces apareció Dios como aparece, de golpe, su nombre mezclado con exageración en la amenaza de personas mayores, lo que no les convenía era pecado los que no les interesaba conviniéndoles o no, no era pecado, apareció Dios en las tardes de los viernes y en las mañanas de los sábados en el salón donde enseñaban catecismo, cuando el no mentirás se pegaba sobresaliendo sobre los otros pecados, veo dos niños aprendiendo a mentir bajo presión de sus mayores, travesuras de las que no se podía preguntar y que probablemente salían como pecado primero bajo la forma de una mentira, entonces apareció Dios como aparece en las palabras y el discurso de mayores que parecen seguros pero que están bien confundidos, en esos viernes y esos sábados dos niños con otros niños muchos niños sentados alrededor de un catequista supervisado por el cura Keiner, el imponente alemán que tal vez si la sotana era más parecido a un oficial de la SS que a un bondadoso cordero del Señor, allí estaba Dios con dos niños, con muchos niños, mezclado en las lecturas reducidas del antiguo testamento, en la memorización de las oraciones y en el incomprensible latín de las misas que por esos días eran un momento de distención de los chicos del pueblo descubriendo y descubriéndose en cada gesto en cada sonrisa en cada travesura solitaria o compartida, ahí estaba Él entrando a cuentagotas en pecados que nuca se cometerían como matar o en mandamientos que eran fáciles de no cumplir como el amarás a tu prójimo como a ti mismo, ahí estaba en cada tarde o mañana de juegos en los alrededores de una parroquia rodeada de ligustrinos y flores con espinas para que nadie las tocara, ni a nadie se le ocurriera hacer una corona como se les ocurrió a los que lo torturaron hace mucho tiempo, ahí apareció El, invisible tal vez imaginado en el cuerpo de alguno de esos señores barbudos vestidos como mujeres de las imágenes cerca del altar, invisibles pero presente en la voz ronca y el autoritarismo del cura Keiner que parecía un general instruyendo sobre cómo se es buena persona y buena gente, transitando en medio de las contradicciones de padres que peleaban y niñeras que cuchicheaban, ahí se encontraba en medio de una docena de niños en ese año y de más docenas de niños en una cadena que no se interrumpe, presente en la promesa que si se cumple permite llegar al cielo sin pasar por el infierno antes, mucho antes de conocerlo, porque evo dos niños viviendo en el cielo como otros niños, sin pedir más que montones de arena para ensuciarse imaginando batallas o acrobacias, aprendiendo a mentir sin mentir en las mentiras que los mayores dicen que son piadosas porque parece que hay mentiras que Dios perdona, entonces apareció Dios como aparece, de golpe entre dos niños entre otros niños entre adultos alrededor de esos niños, en las piedras amontonadas y ordenadas y pegadas con resistente cemento de los muros que adornan la parroquia, la iglesia del pueblo, una capilla a dos aguas que tiene tres entradas, la principal a la iglesia, la entrada al salón parroquial donde se hacen las reuniones, y le de la oficina del cura que por un pasillo también llega a la casa donde vive con su familia, una hermana, el marido y siete hijos sobrinos de Keiner, el apóstol que veo y conozco, ahí estaba en cada trazo de esa vida tan sencilla sin demasiados pecados pero de mucho miedo por el misterio.

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