LC – XX -
El primero que lo contó fue un borracho bastante entrado en la borrachera a media docena de otros gauchos menos borrachos una noche de vigilia a Guemes al pié del cerro donde parodiaban velarlo desde hace ochenta años, desde el mismo momento en que el mártir murió en la quebrada de La Horqueta escondido de enemigos y de concubinos enojados, todos amontonados alrededor de un fogón de dos metros de diámetro y llamas que crepitaban también como a dos metros del piso en forma persistente, dijo que la vio sentada sobre una piedra redonda pegada a la vía del C-13 en el cruce de Campo Caseros como a las nueve de la noche, dijo que apenas la distinguió, sombras sobre sombras, blancos sobre negros, grises de polvaredas y cuerpos quietos y en movimiento en esa noche sin luna de un junio de frío riguroso, parecido al de todos los años por el helado sereno que cala ponchos y huesos, dijo que apenas la distinguió pero que estaba seguro que era ella porque lloraba y lloraba y se quejaba como se quejan los que quedan heridos y que él se acuerda bien de ella, porque le escuchó la voz la tarde que estuvieron discutiendo en el bolichón del pancero porque estaba chupando en una de las mesas cuando ellos comenzaron a discutir y se notaba que a él no le gustaba lo que ella le iba diciendo y se le subía la sangre a la cabeza, además del vino que a esa altura había corrido copiosamente, y gritaban y así gritando se fueron, dijo que si bien entonces sin decirlo le daba la razón a él porque de escucharla nomás la china parecía bastante querendona, que unos meses después cuando se enteró que la había matado con no sabía de cuantas puñaladas, él corajudo además de borracho como el borracho al que escuchan los borrachos dejo el cuerpo sobre la vías para que cuando pasara el tren lo destruyera y entonces él fue peor que ella porque fue malo con su alma que desde entonces debe andar penando por misericordia porque habrá sido mala metiéndose con otros hombres pero que por eso no se merecía las trituraciones quedar mutilada como quedara porque muerta ya estaba antes que él le hiciera todas esas cosas de acarrearla y depositarla en las vías sabiendo que el tren pasa de madrugada, por lo que dijeron los policías.
Los segundos que lo contaron fueron esos paisanos, borrachos también como el borracho que la mató como el borracho que lo contara aunque estuviera menos borracho que el borracho que la mató y un poco más que los borrachos que los escuchaban cada uno a su manera, aumentando y cambiando partes de la misma historia, a otros campesinos a niños y a sus mujeres.
Los terceros que lo contaron fueron esos mismos campesinos menos borrachos esos mismos niños nada de borrachos esas mismas mujeres que a veces se emborrachan.
Y así se fue haciendo la leyenda.

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