Entre palomas y cuervos – III –
La una animada todavía, bella y confiada en un porvenir de venturas y aventuras como las que tuvo de niña en su pueblo, y la otra con el toque que adoptara para aparecer como intelectual aunque no lo fuera porque ni sabe lo que eso es o porque eso depende de otros que a su vez se califican a sí mismos calificación que por esos carece de substancia, por donde anduviera con estos interrogantes pero bella también aunque disimulando sus bellezas detrás de unos anteojos ordinarios y pasados de moda, y encima desencantada de un mañana distinto a sus mañanas anteriores en la ciudad de calles peligrosas y oscuras donde alguna vez tuvo posibilidades de jugar como cualquiera pero a medias.
Aún cuando entradas en razón y después de los apuros se sintieran muy felices, se lo decían compartiendo, la misma residencia las mismas tristezas los mismos entusiasmos, los días del calendario los festivos los religiosos los días de fiestas cívicas, los meses y los años que se pasaron enseñando en las escuelas, los fracasos las salvaguardias y el alborozo, remando como decían con los mismos niños que llegaban y pasaban por las aulas frías a las que ellas les imprimían el calor de sus cariños de su magisterio de su apostolado, plasmados en guirnaldas y cadenas en azul y blanco mal pegadas en las paredes mal pintadas y en las pizarras descoloridas, ternezas distintas en la forma tal vez pero en el fondo muy iguales, de la una acentuando sus ganas de vivir esta existencia, de la otra apegándose a teorías copiadas de los libros en muchas noches de insomnio y de paráfrasis confusas de la vida, del darse y del despegarse de tanto sentimientos de emociones que van y que vienen.
Nada repararon de sus pasados cruzados ni se les ocurrió detenerse en el detalle de esos mismos pasados pisados, en sus retrocesos en sus transferencias en sus pecados, y encima nunca llegaron a decírselo con sinceridad menos que menos en el umbral de andar sus inviernos y el pasmo sórdido de la estación de la inclemencia, cuando la muerte ya no es más una posibilidad remota y se disminuyen demasiado los interlocutores que se tienen, así las alcahuetas eso que el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo, alegoría que apoyaría cualquier indolente repelente que se pueda apreciar de inmortal, lo que no son ni Penélope ni Noelia.
El comunicárselo les habría servido para limar las asperezas que algunas vez tuvieron, sus parquedades sus sorpresas, para resolver las diferencias que eran muchas como las certidumbres como las incertidumbres comunes, como sus peleas cuando comenzaron a ponerse quisquillosas e intolerables y además a notarlo lo que no fue poca cosa, a renegar de las contingencias y a rezongar por cualquier cosa y a mascullar con razón y sin razón de todo.
La una asegurando que había que darse sin dobleces imponiendo con temple y paciencia los conocimientos y las ideas, la otra a la defensiva e inflexible privilegiando la conducta estricta la justicia y la equidad en todo si las hubiera, la mesura y la prudencia como emblemas de las virtudes de una vida proba.
En especial cuando trataban los temas de las palomas, tórtolas crías y madres, alumnos y maestros que todos los años colmaban aulas y patios disponibles, torcazas bulliciosas que dejaban sus huellas en garabatos sobre la madera ennegrecida y reseca de los pupitres o en un libro de temas, que sin esperar la llegada del descanso estival gastaban por anticipado su ansiedad para volar a otros espacios quizás más acogedores, volviendo después y remontando de nuevo una y otra vez el planeo en cada apertura y cierre de lo que oficialmente llamaban el ciclo lectivo.
Respecto a cómo tratarlas con el cumplimiento de obligaciones y la disciplina tenían criterios diferentes, la una asegurando que había que había que comprender los errores que son tropezones y los aciertos que son ponerse nuevamente de pié más recargados, la otra en cambio defendiendo las actitudes directas de control y corrección inmediatas y poco retorcidas, al revés de esos hierros que recordaba eran el soporte principal de los edificios en su ciudad sin cielo en su jaula.
En los pareceres diferentes se manifestaban también sus juicios y sus prejuicios distintos y las acaloradas discusiones cuando tocaban el tema de los cuervos, la calificación del único y común acuerdo que tuvieron para ubicar y calificar a las mujeres de la luz verde, el recóndito cabaret del lugar que funcionaba en turnos y períodos diferentes en los que funcionaba la escuela.
Cuervos cría y cuervos madres, casi anónimas para algunos de los habitantes del pueblo hembras poco comunicativas que matriculaban a sus niños y les causaban algunos problemas con eso, a la una que como directora de la escuela condenaba el comportamiento superficial y hedonista de las mujeres a las que llamaba infelices sin saber si eran felices, y a la otra que se desesperaba diciendo que son cosas que ocurren en la vida que se deben aceptar como se aceptan todas las otras llamadas normales aunque no lo sean.
Así que sobre palomas y cuervos sus charlas fueron siempre conversaciones de sordos y belicosos y odiosos contendientes, una lástima, porque por poco que se hubieran escuchado podrán haberse dado una mano mutuamente cuando la necesitaron.
La una a Penélope que en los meses de receso cambiaba el blanco guardapolvo por un vestido de negras lentejuelas, llamativo como el que se puso la vez que la dejaron plantada, y ésta a Noelia que hasta el cansancio continuó insistiendo angustiada y protestando por el olvido y la indiferencia de los demás, por quienes están solos aún sabiendo que alguien la rastreaba sin encontrarla.
De verdad una pena, porque a la una ese invierno se le presentó muy tibio, y la otra sintió mucho frío.
Y en el final la una quedó en una tumba donde se posan cuervos y palomas, y la otra en un nicho que no visitan ni los parientes ni conocidos, ni curiosos ni comedidos.

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