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Tuesday, May 24, 2011

peones y patroncitos, peoncitos y patrones

Diarios de Liborio.
No es de buen samaritano andar husmeando, pero la llegada del señor le trajo dos novedades al corajudo de Liborio por eso anda molestando a los otros, a los que son como sus hermanos, la llegada del patrón de la estancia le vino con esas ocurrencias por primera vez en mucho tiempo porque en realidad cada vez que lo veía, desde que podía acordarse sin acordarse bien de los años, sentía que su corazón se agitaba y andaba enhiesto y serio por todos lados, haciendo sus tareas pero más atento que cualquiera de los días en que el oficial se ausentaba.
El tipo en realidad era imponente, de rasgos muy marcados alto con ojos negros y grandes y unos mostachos tupidos y muy cuidados que parecían alas de una pequeña paloma negra dibujadas en su cara más blanca todavía por el negro casi azul de esos bigotes armados, pero lo más gradioso se le marcaba con el uniforme que todos los días se calzaba para ir hasta los cuarteles, botas negras de cuero lustrado y plateadas espuelas, pantalones azules camisa blanca de cuello alto y chaqueta igualmente azul con botones dorados, presillas amarillas que hacían de marco proporcionado a la media docena de cucardas que del lado del corazón en su pecho remitían a reconocimientos y honores, por cada una de las batallas donde ayudó con fiereza en las distintas campañas, o por los servicios que como el de ahora le tocaba de protector de fronteras por parte del ejército a cargo de puestos fronterizos como oficial del estado mayor, cargado de responsabilidades y honores.
La primera novedad tuvo que ver con los cuentos que todavía y también recordaba sin acordarse desde cuándo, leyendas caseras que los peones le contaban o se contaban en noche de borracheras cruentas e interminables alrededor de fogatas que atizaban de sentados nomás por lo perezosos que eran, cuando le decían que él era hijo del patrón con una mujer, su madre, que trabajaba de ayudante de cocinera en sus años de moza y antes que la agarrara la fiebre amarilla, cuando le contaban que aunque no lo creyera hubo tiempos en que el personal de la finca adscrito a la peonada no tenía ninguna clase de derechos menos las mujeres y menos en las cuestiones de eso que ya se imagina, si al patrón le gustaba una dama la volteaba donde fuera, y lo dejaban a él sin consideración como con una obligación de imaginarse lo que no se imaginaba.
La segunda novedad fue la confirmación, por primera vez en su azarosa vida de aventuras, que algo había de verdad en las anécdotas de la peonada que eran su familia solo y sin más referencias que esas para saber de dónde venía, huérfano por distintas partidas, huérfano de progenitores de parientes de explicaciones, algo de cierto había en esas historia de espejismos y realidades que escuchaba siempre sin hacer observaciones, sino el oficial no lo habría puesto en el grupo reducido de los que nombró para preparar la expedición que partiría en seis meses y en tren a Buenos Aires para desfilar por el centenario, alguno o algunos serán sus entenados le insinuó alguno de sus maliciosos compañeros, peones rasos como él, como diciéndole que el tipo lo tiene en consideración para esas cuitas cuando podría no tenerlo.
Es duro andar por la vida solo, pero más duro no saber de dónde o de quién se viene con coraje como para no andar echándola la culpa a los que no la tienen, como a los peones sus amigos antes que al arrogante oficial de porquería.

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