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Saturday, May 21, 2011

PyC - I -

Entre palomas y cuervos.

Nunca supieron nada sobre sus primaveras y el vigor enjundioso de la estación del equilibrio por lo menos visto así, de las primeras señales ciertas o inciertas que les llegaron con la amalgama y con el pasar de las hojas resecas de almanaques que pasaban un año tras otro, del almanaque maestro de sus vidas germinando sin menguantes cerca que fueran una amenaza, de esos días pasados que como dicen las viejas y cualquier zopenco confundido fueron de un tiempo mejor, como el de ellas mismas Penélope y Noelia.
No supo la una que la otra había nacido y crecido en una ciudad pequeña, ni esta que aquella había pasado sus primeros años en una urbe de calles y de casas todas amontonadas con mucho cemento y argamasa compactada, y compactándose en resquicios de perfiles de hierros retorcido e invisibles y demasiado duros como para encerrar millones de sueños u afanes de tantos que pasaron soñando y afanándose en la vida como cualquiera de los que sueñan o se afanan para ser mejores aunque no lo sean.
No supo la una que la otra había crecido con las atenciones, los mimos los mismos arrojos a rro rós, las mismas intenciones las mismas contenciones que aseguran una casa según se dice bien aunque esté mal constituida y todo lo que eso significa y no significa que es lo mismo que significa, ni esta que aquella estuvo siempre supeditada al favor ajeno por su condición de súbita huérfana de todo, de personas de afectos de consentimientos y especialmente de gente que ella quisiera, privada hasta el colmo propio de esos medio hermanos que tuviera de la misma madre con distintos padres que otros tienen porque no fuera la última ni la primera, esos mismo que en las malas son incondicionales y se hacen solidarios en las rachas adversas.
Y que por esas ausencias esta había andado a los tumbos por varias geografías, en sacudidas intensas para ella como fuerte fue la nostalgia de la otra cuando llegó el momento de andar envuelta en vuelos propios, cuando la rayuela y el juego de las lavanderas de Avignon fueron solo malos recuerdos de no haberse dado el gusto o de no haberse sacado el gusto esas ganas reprimidas cuando llegaron los momentos, o la chifladura de la reminiscencia de haber tardado en aceptar la congoja por lo que se dejó de hacer por algún estúpido motivo o no se hizo, como para la otra fueron buenas las evocaciones de los recurridos concurridos juegos del martín pescador y de saltar la piola y pautar las escondidas jugadas n tanto espacio vacío disponible, de senderos anchos y arbolados y acequias con aguas cristalinas que eran patrimonio de su pueblo y casi de su propiedad privada.

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