El hilo blanco de la luna negra – IV -
Juan Sanfasón fanfarrón tembló por sus dudas de no poder asegurar si se trataba de cosas que le estaban ocurriendo de despierto jugando con sus sueños o de dormido soñando despierto, si no conocía ninguno de los paseos solitarios entre los que estuviera de golpe y supiera de antemano lo que sabía y no sabía de la imágenes difusas que se le amontonaban angustiándolo, se trataba de vacilaciones embromadas, de sospechar que no estaba en su mundo en el mundo conocido, y si era desconocido se encontraba en el dilema de la muerte de su muerte de una muerte cualquiera de cualquiera porque es justo ahí donde todos los hombres se hacen iguales tal cual rasando sus igualdades, ese estado que mucho conocía por los relatos escuchados en montones de anocheceres de velar y de desveles de desveladas en conjeturas de curdas, en cuentos fantásticos de fanáticos comunes, diferentes algunos o iguales o indiferentes, recordados por aquellos que cuestionaban su manera todas estas cuestiones para las que ninguno tenía una respuesta, esas otras muertes que todos pasan a su manera, que hasta ahí y a él le significaban haber desaprovechado tiempos y oportunidades de ser mejor de los que fuera, no haber tirado como lo hizo la vida como la casa por la ventana.
Si estaba muerto los bulevares eran el cielo y el infierno y él estaba por decirlo aparado en el purgatorio, o sentado en todo caso inmovilizado impelido a movilizarse por esas máculas sobrias umbrías movedizas que lo llevaban ahora a preguntarse porqué toda esa miríada deambulando a su alrededor y junta toda junta, si salvo raros accidentes las defunciones de la gente nunca son simultáneas salvo en las catástrofes y él no había vivido ninguna, los decesos de los que se quiere con el óbito de los que no se quiere y de aquellos que fueran parte de su desinterés o de su abulia no pueden ser al mismo tiempo, lo que puede ser es que sea un repaso de los pecados propios y de los pecados de los otros, la recapitulación de las equivocaciones y con quienes se las tuvo en la vida, y se las está teniendo en el edén y en el borde del abismo o en el mismo abismo, el caos y las tinieblas de los que antes y desde siempre presumió no fueran parte de sus miedos de sus temores de sus desconfianzas, asegurando que un macho o un gaucho se aguanta la mezcla de placeres y fuegos eternos, cayendo una y otra vez en el doble error de no advertir la diferencia entre hacerse el varón iracundo o el varón pacificador cuando se está seguro o cuando no se está inseguro con el miedo qu trae todo a equivocación pisar en falso andar en falsa escuadra, en craso error de se iletrado como para no tener noción del paso del tiempo, de los días y de los vientos y de la quietudes que descuentan años de años y de daños que resecan la piel y la arrugan, como para no saber que justamente con el paso de los años se acumulan arrepentimientos, cortas o largas expiraciones permanentes o que se interrumpen.
El cielo a la derecha y el infierno a la izquierda o al revés nunca estaba seguro de nada pero sí de que era el momento de elegir o al menos el instante de que alguien le dijera para donde caminar, seguir el curso de sus impulsos, de resolver por fin el instante sin resolver los de antes sin resolver tampoco lo de después, de sus obsesiones de sus caprichos de sus ganas, de antes y de ahora y de mañana, pero nada, la disposición la exposición y la historia en el escenario que los involucraba y lo excluía no se modificaban con sus ganas.
Juan Sanfasón con razón respiró aliviado cuando descubrió algo nuevo en el tablado intocable profuso copioso, una luna negra o azul una luna oscura inmensa allá lejos bien lejos y encima de su cabeza, y una hebra casi un filamento un hilo blanco que de esa luna bajaba hasta muy el alcance de su mano, dos elementos que le daban la posibilidad de salir del lugar donde estaba o tal vez se tratara del ofrecimiento de alguien desconocido para un escape también ignorado y de ignotos rumbos o paraderos.
Con desconfianza, con temor a que el hilo blanco se cortara al influjo de su presión o de su fuerza, lo agarró lo mismo para no perder la tercera vía posible para decidir el final de su inesperada aventura aún no iniciada porque no le había pasado nada, una aventura que no reconocía.
Y Juan Sanfasón subió, ascendió todo lo que pudo, alzándose desahogado de aquel ambiente indeseable en el que estuvo parado y atónito.
Y cuando la luna había aumentado su tamaño por la proximidad en la que él se encontraba, esa cosa redonda y oscura que nada le deparaba se fue transformando en la cara de Liborio, devolviéndole todo el infortunio de sus vidas y a ese amigo tan cándido y tan denostado por sus zonceras que lo zarandeaba y lo retaba como lo reta en la ocasión de cada borrachera.
Y fue comprobando de a poco que se había quedado dormido sobre uno de sus codos apoyado sobre un salivadero de la estación de la ciudad a la que no iba seguido pero era la suya, y recordó que unas horas antes habían llegado con su compañero para despachar unas botas y unas monturas a Buenos Aires.
El centenario de la revolución estaba cerca, y no era cosa que esa infanta colorada, gorda y atrevida según contaban llegada desde la madre patria para esta fiesta, se burlara de sus fachas de fieras de gauchos temerarios, aunque ella no supiera de ellos ni le interesara nada, aunque siguiera creyendo que el país es nada más que lo que rodeaba al puerto al cual arribara y no la suma de las provincias entre las que está la de él y el pueblo enterrado de Esteco carajo.
Cuando cumplieron con la diligencia y se tuvieron que ir, Juan Sanfasón muy cabrón sacó fuerzas desde adentro, y pensó de nuevo en aquel sueño que tuvo del hilo blanco de la luna negra que lo devolvió al mundo que le gustaba y disfrutaba, en esa siesta de tartufo de la que salió asiendo la hebra y escapando por el hilo blanco de la luna negra, el hilo blanco como blancas son sus penas de la luna negra como negras son sus muertes.

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