Órbitas en la órbita de Liborionauta.
Los primeros ruidos comenzaban a las cuatro de la mañana cuando se escuchaban los trotes de los caballos sobre el empedrado, esos clap clap que para quienes dormían en las casas al paso hacían las veces de seguros despertadores, los primeros ruidos comenzaban con el canto anticipado de algunos gorriones o cotorritas enjaulados que iban y volvían con sus abnegados dueños, con esos ruidos que se distinguían por la cadencia y la puntualidad con la que iban llegando las bestias a los lugares de descarga, a esos recodos con desniveles para que los estibadores que ya estaban pudieran proceder a la descarga, los primeros ruidos comenzaban cuando se escuchaban los trotes de esos animales de carga y el ruido desparejo de la tracción de esas ruedas de madera que se gastaban con el paso de los días como se iban gastando todos los mecanismos provocando el giro fuera de eje de esas mismas ruedas que chirriaban como si se tratara de lamentos de un coro de lloronas en funerales, los ruidos comenzaban con esos ruidos y el silencio sonoro y momentáneo en la somnolencia de los vendedores mayoristas que llegaban desde las fincas o granjas para liquidar sus productos, sonidos casi guturales que salían exagerados de sus gargantas entre bostezos y suspiros de madrugadas, los siguientes ruidos comenzaban a ser mas frecuentes e intensos justamente con los primeros gritos que pegaban los minoristas levantando o bajando sus ofrecimientos de precios por unidades que eran o cajones o bultos o directamente las cargas enteras.
Como a las siete de la mañana los ruidos comenzaban a multiplicarse por todos los rincones del mercado, aunque los primeros compradores o clientes comenzaban a llegar recién después de las nueve, pero terminado el trámite de la compra y de la venta de las frutas y hortalizas comenzaba el trabajo de los carniceros o de quienes regenteaban las pescaderías para acomodar la carne o sus productos en los mostradores, colgar medias reses en los ganchos o dedicarse a faenas menores, entonces los murmullos superpuestos la anécdotas reales o imaginadas entre puesteros distintos, iban conformando las informaciones y las fábulas de toda esa gente que todavía medio dormida o totalmente despierta, desayunaba sin abandonar las tareas esperando a los compradores, y a los inspectores de las rentas y a los coimeros enviados por funcionarios y legisladores.
Después de las nueve todos los ruidos se completaban, se escuchaban todos pero salvo los interesados no se escuchaban particularmente las conversaciones de nadie, empezaban los murmullos sostenidos de toda la gente que caminaba por los pasillos más anchos o por los pasillos mas estrechos del inmenso mercado, cuyas paredes de blancos azulejos blancos impecables y limpiados terminaban en pisos de concreto cruzados de cunetas en todas las direcciones, zanjas por la que iban los líquidos de los desechos que los últimos faenadores provocaban como si fueran docenas de pequeños ríos de agua turbia y sangre colorada.
Liborio era un inventariador de ruidos nunca de silencios absolutos, los ruidos son la vida los silencios la muerte.

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