Orbitas en la orbita de Liborionauta.
Casi un inventariador serial, eso era, inventariador autodidacta de las cosas que desfrutaba, tenía más de auditor que del policía que fue persiguiendo rateros asesinos y mal vivientes en general toda su vida en la comisaría, testigo silencioso de todo aquello que pasaba al alcance de su vista de sus oídos de su nariz de sus manos de su boca, escapando de aquellos que no quería contar aún sin negarlo porque para eso trabajaba para que una caterva de mujeres y de niños comieran cada día.
El olor de la fritura al punto máximo mientras la grasa se convertía en chicharrón para el pan o para el bollo que ahí nomás se estaban horneando, el aroma desprendiéndose de cientos de ollas donde hervían queperís y chorizos colorados para terminar con otros cientos pucheros a la española completos en medio de los garbanzos y el mal olor de los repollos mientras hervían, el tufo característicos de las otras frituras que aseguraban las jugosas empanadas que se consumían como el pan caliente, la pestilencia agradable del tratamiento que daban a las tripas los carniceros para convertirlas en chinchulines o tripa rellena, o la emanación del propio olor de los pescados frescos acomodados en fuentones con barras de hielo al lado de los huevos de granja, el del vaho de las pizzas con muzarella derretida.
Los gritos de los camioneros avivados vendiéndoles al por mayor las verduras a los bolivianos, los gritos de los verduleros bolivianos ofreciendo frutas de estación y frescas, los gritos de los carniceros compitiendo ofreciendo sus mejores o peores costillares, los de los grandotes de las pescaderías bigotudos igual que los puesteros de la pizzas, o lo criollos ofreciendo los locros calientes o los tamales o las huiditas todo a los gritos en una competencia que se abría y cerraba cada día, las palabras repetidas de un par de loros de algunos en algunos de los puestos, el canto apreciable de los canarios que se vendían en algunos de los otros puestos, gritos todos al final de una oferta y una demanda que se daba a cada rato con la gente que pasaba y la propia gente del mercado.
Olía horas se pasaba oliendo Liborio, ora ubicaba cada ruido en ese persistente y elevado murmullo de la multitud en el mercado, ora probaba como si fuera un catador contratado aunque no hablaba con nadie, ora se pasaba horas acomodando ese mantel raído tal vez pero limpio y geométrico que cada mañana encontraba en la mesa donde se sentaba, cuadro rojos y blancos le gustaban.
Horas se pasaba Liborionauta en el mercado, inventariando los ruidos de la vida y se cuidaba de no andar inventariando los silencios de la muerte.

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