El hilo blanco de la luna negra – III –
En un horizonte que ahora se le poblaba de proyecciones oscuras como figuras blancas o negras que se hacen con luces sombras y lienzos en los teatros, de cuerpos desconocidos y reconocidos, cuerpos que filtrándose por todos lados lo molestaban lo fastidiaban, materias ingrávidas ánimas insondables que le hacían presentir que se burlaban de él, que lo ignoraban que le reclamaban que jugaban entre sí con él entre todos que mortificaban, sombras que parecían entrar y salir de las casas sin cesar que lo llevaban a suponer que esos otros intangibles acusaban su presencia y cómo la acusaban.
Su llegada tal vez la parsimonia del espanto, sentía que le saltaban alrededor que corrían que se iban que volvían, mezclándose con la neblina espesa como sus conjeturas sin respuestas, sin revueltas ni apuestas momentáneas.
Y los minutos pasaban y su transpiración lo mojaba demasiado, él lo notaba en las gotas de sabor amargo que le caían de la cabeza a los labios, y el crepúsculo lo privaba de fisonomías y de los perfiles de las figuras desplazándose cerca como si fueran neblina visible apenas de gases o fluidos, difícil como para que dijera conozco y no se movían ni lejos ni cerca lo que lo complicaba para afirmar lo contrario como para decir desconozco, se trataba más bien de sensaciones de contactos etéreos de contactos aéreos de perturbaciones, aprensiones al suponer que la barahúnda parecía estar armada, para recordarle actitudes acciones pasadas para mezclarlo en despelotes que conocía y de los que sabía defenderse a capa y espada.
Juan Sanfasón renegón se enfrentaba a una agresión desconocida que no requería de puños ni de cuchillos qué raro, de presentimientos que lo atormentaban de proximidades que le marcaban errores, dobles errores como el de la injuria y el de la lujuria, crasos errores como el de la avaricia o la envidia, la gula o la indolencia que lo mataban, y se le venían en cascadas de hechos ciertos e inciertos, de su vida corta o larga no lo sabía todavía.
Ni era el momento para fijarse en ello, aún en su ignorancia de no saber de esas imágenes de las palabras que le llegaban con ellas de los gritos ecos irreconocibles se daba cuenta de sus desaciertos, cerrando los ojos sus errores en sus pensamientos, eran personas de carne y hueso con nombre y apellido, algunas a las que hizo daños en distintas formas, un largo desfile y pasar de individuos varones o mujeres de su vida cotidiana, amigos allegados y no tanto con los que alguna vez tuvo alguna historia pasada pesada, objetos, solo cosas, Juan Sanfasón calentón de sus arrepentimientos tardíos, de las purgas que se mandaba en alguna comilona adobada con vino, picante y mondongo que con los amigos se metía, al fin y al cabo protagonistas directos e indirectos de las defensas que hacía de sí mismo cuando a cualquiera le decía que era bueno, justificándose sin asentimientos sin consentimientos de quienes lo escuchaban, esos mismos seres que en el instante se le ocurrían en blanco y negro, apenas un garabato de sombras tal cual le iban apareciendo como estaban en los daguerrotipos que adornaban cómodas y mesas de las sala en la casa de los patrones, sus padres o sus tutores no lo sabía tampoco y todavía y de eso no se hablaba.

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