El hilo blanco de la luna negra – II –
Como si a todo lo que estuviera a su alrededor se lo hubiera tragado la tierra, Juan Sanfasón sinrazón apeló igual que siempre al despropósito de maldecir por eso a nadie en particular a todos en general maldiciones que tiraba sin colocaciones, de largar la injuria sin destino y sin destinatario, de endilgar improperios a la diestra y a la siniestra de nadie de todos, insulto que soltó como si nada mientras un escalofrío se le iba de los pies a la cabeza, con la sensación que estos otros tantos y nuevos embrollos juntos además de los suyos tenían que ver con las muchas ganas de orinar que le venían cuando se ponía nervioso, lapsos sin lugar para pensamientos apacibles o tranquilos, nervioso igual que ahora, afligido fregado confundido, por eso se palpó y se recorrió entero despacio, tocándose buena parte de su contextura huesuda y venosa, probando si lo que le pasaba no era nada más que una parte de los sueños alborotados que últimamente había tenido gracias a los chismes de los demás, por el cambio de siglos que ya se diera sin catástrofes, o preocupado como andaba él mismo por determinar su edad para lo que unos cuantos lo ayudaban, esas profecías del fin del mundo que se le mezclaban con las referencias que le habían dado sobre que nació como en el ochenta y dos y que por lo tanto andaba por los veinticuatro años, confusiones nomás conjeturas de sucesos que no pasan crónicas de sueños que no se tuvieron resultados que suman en sus sopores y asonadas.
A Juan Sanfasón el corazón se le aceleró por sus sorpresas con los entornos por sus suposiciones de que debe avanzar, que es mejor avanzar y caminar por esas calles también desconocidas y elegir entre direcciones y sentidos, asustado sin saber porqué ni por disposición de quién hay que escoger entre izquierda y derecha entre una de las dos bifurcaciones iguales a tantas bifurcaciones que tiene la vida, ir para adelante o volver como en un laberinto encerrado, Juan Sanfasón se sintió eslabón de una cadena de recuerdos difundidos antes y que se interrumpen pero que siguen dando vueltas y vueltas en su cabeza, como chispazos de carbón encerrado en salamancas, como chispazos de carbón explotando, de asociaciones cotidianas que no se pueden comprimir en un instante, cabos sueltos que tal vez permitirían acomodar el de dónde se viene con el de adónde se va, atar cabos entre presencias no confirmadas y ausencias que se presienten, como la de su compinche Liborio, el entrañable amigo que no aparece en el paisaje para aclarar la incertidumbre de un golpe, para dar vuelta esa perplejidad que trae no saber adónde se está parado ni sentado, qué son estos paseos, estas vías tan limpias de basura y ornamentadas con vegetación abundante, estas avenidas sin bullanga ni gente recordaba, cuando no hace más de dos días, estuvieron juntos con el negro toda una noche en vela tratando de ubicar en el firmamento al cometa Halley de cabeza luminosa y cola iridiscente y larga, divirtiéndose gratis igual que todas las veces acostumbrados como estaban a no tener un peso en el bolsillo, disfrutando del paso del cometa por el cielo un espectáculo de luz y decolores, sin ligar nada de las compras y de las ventas, de las donaciones o cesiones que se hicieron muchos de los que creyeron con desesperación o con miedo, igual que cuando cambió el siglo, que era la última vuelta de ese meteorito de tamaño pasando cerca, muy cerca del planeta, casi para chocar como lo repitieron otras veces los conspicuos astrónomos que por suerte se equivocaron.
Un chucho más le apareció y otros chuchos, y otros, él también se impacientaba y era asustadizo como cualquiera ante lo desconocido, contemplando impávido ese paisaje de desolación perfecta de esos bulevares que turbaban.

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