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Tuesday, May 17, 2011

LC - I -

El hilo blanco de la luna negra.
Orbitas en la órbita de Liborio – I –
En un abrir y cerrar de ojos Juan Sanfasón se despertó sin razón, sin ninguno de los tantos motivos que le llenaban los días cualquier día de todos sus días, se despabiló sin ninguna de las repetidas órdenes del capataz, órdenes que se escuchaban desde la madrugada al atardecer de cada de cada jornada de jornales mal pagados aún para él en su condición de entenado.
Y le extrañó bastante que nadie lo apurara para decirle que hay que ayudar con el ordeñe, con alimentar a los chanchos y a las gallinas, con recoger los huevos o cosechar las verduras que refuerzan los guisos de los almuerzos o los suculentos pucheros, con el trabajo de limpiar los potreros o de ensillar los caballos de los que tienen otras tareas, socorriendo hasta el cansancio o la oración en todo y a todos, los complementos los acompañamientos de él como criado o peón consentido que es, lidiando por instrucciones del patrón como el peor de los sirvientes.
Le sorprendió encontrarse entre los dos bulevares que tenía a su vista, no sabía reconocerlos ni sabía porqué se encontraba allí, en medio de canteros y de fachadas de casas desconocidas, de esos canteros de arcilla reseca y de barro cocido y apelmazado, picapedreros llenos de flores de estación de adorno y multicolores, esas calles en perspectivas que se cerraban llenas de botijos largos y angostos y muy bien cuidados, paredes canteros vegetación verde y de otros colores, parado sobre un empedrado que apenas reconocía muy poco con su forma y porque a los permisos para llegarse hasta el centro los ligaba muy de vez en cuando así que no estaba en el centro, más familiar le eran otros espacios y más acostumbrado estaba al espacio y a los ruidos de la finca, más acostumbrado a eso que al trajinar de la ciudad cercana, al bullicio de la taberna a la que caía a tomar con los amigos en las orillas del pueblo en las orillas del río que bordaba el pueblo, más acostumbrado a todo eso que a los ruidos del centro, que al ruido del trote de los caballos que tiraban los mateos que transportaban a los caballeros importantes de aquí para allá por toda la ciudad desde sus casas a los palacios públicos, los coches de paseo con los que los cocheros llegaban hasta la calle Caseros frente al panzero yendo y viniendo con las damas de aquellos caballeros de los domicilios de las señoras y a los propios caballeros para arrimarlos hasta los clubes sociales, lugares donde se juntaban para las tertulias o en los que organizaban los bailes de carnaval o de máscaras, bailes sociales los otros para presentar en sociedad a las señoritas y a los señorcitos atildados.
Lo conmovió comprobar que los bulevares se notaban ahí, justo a los costados de donde estaba parado, justo ahí donde no está seguro de haber llegado, imponentes y sin otras portadas que le confirmaran al frente o atrás, que fueran partes o partes de la ciudad a la que no iba muy seguido pero que era la ciudad que conoció toda su vida.

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