Llegadas y salidas de don Liborio.
Lo recuerda siempre en noches de guapos gauchos en rondas que se arman para contar las historias, de personajes de fantasmas de duendes que llegan y salen de la imaginación de las conversaciones que se arman, aunque él poco las cuenta y le guste más escucharlas y aprender lo que le enseñan, de las penas y muy de vez en cuando de las alegrías del día, cuando las caminatas en los surcos de la plantaciones de la chacra o cuando es de andar evitando a los salto pisar los excrementos de los chanchos o las gallinas que pasean por todos lados, de las condenas y de los júbilos de la vida, y se acuerda con tanto detalle que cuando habla los asombra, el contó cada madrugada acurrucado en su catre casi adolescente conteniendo sus lágrimas por una orfandad de toda la vida de personas de opiniones o no más de alguien que lo escuchara en sus razones, tal vez de analfabeto porque nunca fue a la escuela, pero sí de varón común preguntándose sobre presunciones que tiene cualquiera, haciéndose preguntas que aparecen cada día a medida que se hace más viejo, del cuerpo que crece del alma que aunque no se ve también va teniendo su tiempo, envejeciendo como envejece el espíritu, él contó en cada una de esas madrugadas los sollozos contenidos, las lágrimas secadas en solitario para que nadie cayera en la cuenta del gimoteo, regando los ojos con el agua del aljibe para que nadie notara la irritación en los ojos.
A cambio de esos inventarios pocas veces repara en sus tiempos de mozo, que la soledad de los otros es parecida a su propia soledad, que aunque se pasen muchos tiempos con las personas en algún momento se vuelve a estar solo.
Va aprendiendo que aunque muy acompañado hay siempre soledad, que cuando se llega se llega solo que cuando se parte se parte solo también, naciendo y muriendo cada día hace sus inventarios.

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