Inventarios fuera de órbitas inventarios de don Liborio.
Conserva el conteo de cada una de las tardes tristes que una a una alguna vez lo fueron conduciendo inexorablemente a darse cuenta de su soledad prematura, de grande supo que algunas cosas le faltaron, como una madre arropándolo o cobijándolo en el frío, alguien que le cantara el arrorró en esas noches de intemperies puras fueran de verano o de invierno, durmiendo en un catre más de la docena de catres que se disponían en aquel galpón de paredes blanqueadas y trenzas trabajadas de palmeras como un techo seguro contra tempestades, alguna vez se dio cuenta que esa docena de personas eran en realidad su familia aunque no tuvieran gestos que él fuera viendo a medida que crecía y que eran propios de familiares que se quieren, como un brazo sobre el hombro, como un abrazo aunque no se tratara de demostraciones efusivas en tiempos en que la gente no hablaba mucho de sentimientos.
Conserva intacto ese conteo de tardes partidas, alegres en momentos tempranos después de los almuerzos corriendo entre los más viejos que jugaban partidas de bochas o de sapos interminables pero que cortaban no más de las siete de la tarde que era la hora cuando comenzaban con sus vinitos y sus nostalgias, tardes de taciturnos de tácitos tragos amargos de preguntas sin respuestas, de ausencias reales de personas que se ocuparan de lo que a él le interesaba o al menos de personas que absorbieran sus protestas sus rebeldías sin causas, sus enojos, sus logros.
De tanto que los conserva, de tanto que guarda esos conteos, no es que vaya por la vida más vivo que muerto, esas veces anda desahuciado.

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