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Saturday, May 14, 2011

crónicas de crónicas que no fueron

Órbitas de las órbitas de Liborionauta.
Hay pedazos de su vida que no pudo inventariar aunque le hubiera gustado hacerlo, pasajes de su vida de los que nunca tuvo noticias ni memoria, desde el día en que comenzó a tener recuerdos, cuando en el descanso de la merienda alguna tarde remota cuando debe haber tenido unos cinco años, un obrero en una ronda de obreros y trabajadores de la finca, le alcanzó un pedazo humeante de pan recién horneado, al mismo tiempo que esbozó unas palabras de aliento y probar con una caricia tosca que no fue más que una ruda mano pasando dos o tres veces sobre su pelo desordenado, mano de un hombre de ojos en vidriados por penas que no se olvidan que le dijo unas palabras que no se acuerda pero que en ese día le sirvieron para seguir con su trabajo de ayudante de cosecha mientras veía que los hijos del patrón jugaban cerca.
No pudo inventariar una madre, un papá como otros niños lo tuvieron, nadie le supo explicar de los hermanos, si los tuvo alguna vez si no los tuvo, cerca no había ni hubo nunca tíos, tías o primos otros parientes cercanos aunque más no sea para juntarse los domingos o los días de las fiestas patronales, no se acordaba tampoco de haberlos necesitado en fiebres que haya tenido en accesos de tos convulsa como después fue viendo que les pasa a los otros niños, pero definitivamente no los tuvo.
Como consecuencia no pudo inventariar descansos, intervalos de tiempo que recordara haber estado sin cumplir con un mandado, sin cumplir con alguna tarea encomendada por adultos que sin excepción las pedían, no se acordaba de tarde de sábado corriendo libre sin un encargo con los niños amigos, hondeando gorriones los domingos temprano en la mañana, de la sensación de correr patapilas carreras sobre la tierra reseca y caliente de aquel lugar cerca del trópico donde vivió desde siempre.

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