La guerra sin mambrú – IV –
Ahora que estoy diestro, o viejo quizás, en esto de ordenar episodios con prejuicios de por medio, me doy cuenta que con mi candidez o con mi zoncera le resté la importancia que tuvo al primer episodio serio que por el canal implacable infalible de los chismes me llegó del cabezón, y también que el otro motivo de la indiferencia momentánea puede haber sido la distancia lo cual reduce en algo mis cargos de conciencia que como si fueran un trash se van amontonando en indeseables y pasmosas pesadillas que se hacen más con el paso de los años, la distancia la tirada la larga sarta de la irreversibilidad del espacio, ya que cuando ocurrió hacía un par de años por cuestiones de caprichos no solamente propios y nostalgias no solamente propias que involucraban a mis padres, había dejado de concurrir al colegio y tomaba las clases de los primeros años del secundario en una escuela pública que se encontraba apenas a unas cuadras de casa.
El que se presentó con la noticia lo hizo en la tarde e un noviembre muy especial en sensaciones y percepciones de muchacho que irremediablemente crece, cuando llegó el mensajero hacía unos minutos que había saludado a mi padre con una efusión que por primera vez note distinta a la suya, inexpresivo al menos para el saludo como estaba comentando en un grupo de gente haber escuchado en la radio la noticia del asesinato de un personaje importante en un lugar que repetían se llamaba Dalas o lo que fuera, un lugar del que no tenía la menor idea, pero el momento fraguó para siempre en mi memoria como la noticia triste que el heraldo dejó de Pedro Sanchez y Sanchez.
Uno de los curas del internado lo había encontrado una madrugada y en un recodo de esos baños comunitarios que sirven para todos, con mucho afán y transpirando, ensañado en colocar un menjunje de corbatas atadas unas en otras, alrededor de su cuello con el extremo libre que quedara del otro anudado en el caño de la ducha.
Seguro un efecto más de las burlas de los pendejos de porquería pensé, como nunca dejó de llamarlos sobrepasando el recato natural que lo caracterizaba cuando hacía sus comentarios sobre los bandidos de nuestros compañeros y sobre las altas y bajas de sus recónditas emociones.
Un intento de homicidio dijo el que trajo la novedad y creí que exageraba.
Pero unos años después con motivo de un aviso parecido, descubrí que darle poca importancia a lo que decían de él y de sus tortuosas aventuras, era la disposición de una actitud cómoda y egoísta de mi parte, o cuando menos una rebuscada justificación por la falta de medios para pagar el viaje y estar cerca del amigo en los momentos en que necesitaba de los suyos, argumentos sin sustento y muy desconectados de la interpretación propia que, ingeniero astuto del egoísmos incorregibles, armé para convencerme que el cabezón por fin ya había puesto en práctica alguna argucia, para resolver su rol en la pugna infame de las degradaciones por las degradaciones mismas, del agravio por la humillación misma, por el menosprecio y la afrenta sin medir los resultados.
Pienso que si hubiera descifrado este acertijo a tiempo, propio egocéntrico de culpas relajos justificaciones, podría haber influido sobre él y al menos obligarlo a revisar, sus decisiones íntimas procesiones que cualquiera tienen pero que son más intensas o menos que las propias, decisiones intestinas que por su forma de ser estoy seguro las tomaba a cada rato sin conversarlas con nadie.
Así que cuando me llegó la información que se había seccionado las venas a la altura de las muñecas, luego de un lío cuyos detalles nunca entendí muy bien con dos maricones del internado, partí a verlo sin calcular gastos de viajes ni escuchar opiniones en contrario.
Continuará y si quieres continuar la historia para que luego la continuemos juntos espectacular.
No comments:
Post a Comment