La guerra sin mambrú – III –
La cabeza lo pintaba entero, y solamente por estar encima de sus hombros desencadenaba pasiones en la superficie de sus propios mambos y en el mambo de los otros, ella era el primer disparador del pecado original de sus ascendientes para ese estúpido grupo de imberbes con tiempo libre que fuimos sus amigos entonces, qué nos interesaría allá ni nunca si el evidente autor de esos genes que portaba no se había quedado cerca de él, además por ahí extrañaba esa figura del padre que a la mayoría de nosotros nos sacaba de apuros con tristezas y bajones, por esto y otros motivos con raíz parecida empezó a andar siempre solo, y se tuvo que acostumbrar a convivir con los parientes de la rama de su madre, desde que se acordaba decía que lo obligaron a recordar que no debía recordar nada de sus orígenes paternos y a preguntar lo menos posible del abolengo de su padre, con el argumento increíble que se trataba de asuntos de su pasado que no importaban para su porvenir.
Por una cabeza, entonaban los más grandes, ufanándose de haber detectado la letra de un tango que no les interesaba nada más que para cargarlo con insidias odiosas y exageradas.
Bromas cantadas, tarareos, apodos y refranes con referencia en su testa, aparecían como si los demás lo hubieran estado amasando como una masa pegajosa y consistente todo el día, como si la ocurrencia y la sorna coincidieran en el cenit de una lucidez de los otros que podí tranquilamente ser sospechada de poco seria, y caían sobre él con intensidad e intermitentes como caen las gotas de agua en una tormenta de verano.
La caspa como pochoclo, el edén de los piojos y el cabecita cabezudo, las distorsiones de a cabeza regalada no se le miran los pelos o los mismos piojos, o más vale cabeza en mano que cien volando, fueron palabras, frases agresivas que le produjeron marcas, lastimaduras invisibles aun hasta para él invisibles para siempre.
En un tiempo por esos tiempos de niños los amigos de su pueblo le pusieron un sobrenombre, llamándolo como el viejo o el eterno hombrecito del chirivín chirivín chin chin, aunque él y yo no nos diéramos cuenta en esos días, la demostración de genuina amistad y de preocupación que animaran a esos auténticos compinches, casi todos mayores que él, cuando lo pensaron y se lo largaron.
Para ellos sus reiteradas vueltas semestrales por el colegio eran un retorno a la guerra, a su guerra, a la propia guerra del cabezón, esa guerra a la que se va sin saber si se vuelve para pascua o navidad, en medio de la seguidilla de agravios repetidos y por parte de los otros y de sufrimiento para el cabezón, un guerra en la que entraba con su vuelta al colegio cada año, una contienda en la que debía defenderse con uñas y dientes y no lo hacía, oponer las resistencias verbales o pugilísticas que necesitara y no las oponía, solo o con quien fuera que ocasionalmente se anotara en su bando.
Guerra de escrúpulos tempranos para los demás, de resentimientos escondido y de origen incierto, de broncas por reflejo y de cuestionamientos incompletos, de maldades poco mensuradas y de indiferencias, de desprecios y omisiones y hostigamientos que nunca cesan.
Guerra de supervivencia en estados hostiles para él, de reacciones inoportunas por agresiones recibidas o transferidas a destiempo, de precauciones potenciadas por impotencias de reacciones atrasadas o a destiempo, un guerra en la que le costaba descubrir, rápidamente los puntos vulnerables de los que lo atacaban, cuando el de él era insoslayables innegable incuestionables evidente, su cabeza era como el resumen de sus flancos objetables, con ojos estirados de oriental y pelo rebelde de enervado y de sosegado de golpe igual que los de un coya del altiplano.

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