La guerra sin mambrú – II –
Era menudo y de extremidades muy cortas, aunque esto fuera lo que menos a él le interesara en aquella época de niños todavía, cuando apenas nos conocimos y apenas fuimos explorando nuestros mundos sin saber lo que es un amigo sin saber lo que es un enemigo, allá muy lejos de ahora allá por entonces cuando alguien le había dicho que se crece hasta los veinticinco años, así que siempre alardeaba sin que otros escucharan, con que había un tiempo más que suficiente para esperar que sus desarmonías comparadas con las de otros se corrigieran, me lo largó por primera vez una tarde que lo descubrí en un rincón lagrimeando con motivo del último acecho, acechan los acechados se burlan los que soportan burlas o los que suponen que serán burlados, por entonces lo herían los lances no los motivos de los lances.
Y como complemento de la bronca que le aparecía cuando lo sacaban de los equipos de competencia, cualquiera fuera el rótulo de la misma porque él se anotaba en todas, cualquier deporte gimnasia olimpíadas.
Si eran deportivas tenía la culpa de los errores presentes, pretéritos y futuros, por su tamaño o por sus tamaños que eran los que parecían empeñados en hacerle ver los malvados, por sus propias torpezas y rachas o lo que fuera, pagaba el pato de las equivocaciones propias y ajenas.
Si eran contiendas de ciencias igual, salvo las de matemáticas en las que se destacaba por encima de maldades críticas inmolaciones chismes, para la participación en ellas eso sí lo pedían por expreso descarte profesores y compañeros, se sacaban los pelos y todo lo que podían como el cuero para contarlo en el grupo, entonces el cabezón se desquitaba, manipulando para armar un grupo propio que sin dudarlo armaba con todos los más porros de los porros que había, entre los cuales nos contábamos algunos de sus amigos, un grupo donde convivían tipos como si fueran de la legión extranjera, aplazados exiliados bochados, no le importaban nuestras limitaciones, sus conocimientos de los números las disimulaban.
Era su forma en esos días de mitigar los exabruptos más frecuentes que las algarabías, que le llegaban en la parte del mundo adonde entonces le tocaba estar, teníamos solo doce años y estábamos en sexto grado y él sobresalía.
Ahora lo sé tenía la garra de un japonés y la saña de un tozudo, garfios que usaba de porfiado.

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