La guerra sin mambrú –I-
Ahora que vuelven a mí los recuerdos después de mucho tiempo, como mariposas intangibles que aletean en mi memoria, como larvas ingrávidas llenando espacios que probablemente se encuentren vacíos, ahora que me sucede eso supongo que tiene que haber sido algo así, en noches de sigilo y alguna vez un japonés puro debe haber andado mezclado con un par de coyas hembras para armar semejante lío con los genes, líos de genes mezclados informaciones genéticas, porque había más de un caso como el de él, sin que existieran lazos evidentes de parentesco en ese pueblo del altiplano argentino, cerca de la frontera con Bolivia, adonde sus padres comerciaron por años con docenas y docenas de artículos de menudencias y unturas afrodisíacas.
El cabezón tuvo la mala suerte de ser el producto de una de esas cruzas, una obra terminada y perfecta de esos amoríos naturales e inconfesables, los hay peores me decía tocando el tema cuando lo tocaba conmigo, recriminando mi interpretación de la mala suerte porque en definitiva tenemos el aspecto que tenemos, me dijo varias veces con razón porque después uno mismo se pregunta si hay formas perfectas y la respuesta es siempre la misma, no, no hay belleza o fealdad absolutas, en todo caso las hay relativas.
Pero fue un accidente que le causó muchos problemas en su vida, por adentro y por afuera, me dijo una de las últimas veces que nos cruzamos en la casa de comidas que administraban dos de sus hermanos en la tacita de plata cerca de un mojón del Trópico de Capricornio para este lado de Ladinoamérica donde la patrona es la virgencita de Luján.
Ahora, en la distancia insondable del tiempo empiezo a entenderlo, empiezo a caer en la cuenta que la mixtura salía a la luz con sus actitudes de irreverente y taimado, y se manifestaba de forma plena en cada centímetro de su físico desproporcionado, desafortunado según mi versión mezquina, descomedido y astuto era pero esas eran sus principales defensas.
Sus reacciones y aspecto hacían de eje repetido, de epicentro de las cargadas cada día de los que pasamos en el internado, escapándole al chapó que nos gritaba majaderos y nos castañeaba o nos retorcía las orejas, en el Colegio Belgrano del cura Jimeno que oficiaba de ayudante y de chismoso, lugar según él mismo lo decía, donde lo puso su padrastro apenas tuvo la posibilidad de pagar gastos y cuotas, y además porque estaba harto de ver que su madre lo mimaba más que a sus hermanastros, su menjunje propios de astros ya cuando fuimos adultos sin habernos dado cuenta del transcurrir del tiempo.
Por entonces, en ese espacio y en ese tiempo, en que hacíamos de estudiantes vagos y desprolijos, las bromas le dolían y un apodo nuevo, un lance una bufa por parte de los otros, se plasmaban de la misma manera en que llegaban a su alma, espontáneas intensas burdas, se incrustaban como punciones impecables implacables y precisas que le desalentaban en cada una de las ocasiones de andar con las actividades que al cabezón le encantaban y que eran todas.
Después se recuperaba.
Ahora lo sé tenía la iniciativa de un nipón y la mala racha de un ladino, ¿o de un latino?
CONTINUARA, Y SI QUERËS CONTINUARLA PARA QUE YO LA CONTINUE MEJOR.

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