Tristezas que se compensan de haraganes compensados.
Cuando el cura Isidro comenzaba a pasearse de una punta a la otra de cualquiera de los lugares donde concentrábamos, no volaba ni una mosca, nuestra conciencia sí volaba como buenos haraganes que fuimos, por lo que hicimos por lo que estuviéramos haciendo por lo que haríamos, cabizbajo y con las manos atrás se paseaba y su calva brillaba con el reflejo de las luces que hubiera, como un pequeño trozo de desierto inmenso mirado desde muy abajo que era donde nosotros estábamos, y en su cabeza resaltaban unas cejas con pelos negros y blancos que invariablemente se juntaban encima de su nariz aguileña, de tan intenso el color de los entrecejos parecían un dibujo, eso era todo, porque la suelta sotana negra y el cuello blanco que apenas aparecía completaban toda su apariencia, no necesitaba más que eso para mantenernos disciplinados, a sus majaderos como nos llamaba sin excepciones cuando se enojaba.
Fuera en alguna parte de los largos y anchos pasillos internos que estaban a lo largo y a lo ancho de todos los patios del colegio, o a lo mejor circunvalaban espacios o los patios fueran redondos u ovalados sin que lo notáramos, para nosotros entonces eran largos y anchos como las jornadas que nos pasamos adentro, extrañado a los parientes que fueran, cada uno contaba lo suyo, unos extrañaban a su madre, otros a sus muchachas, otros a sus hermanos, pero de cualesquiera fueran, esos recuerdos nos llevaba a la tristeza, o a la soledad, por algo asociábamos esas emociones a los pasillos, nosotros los internos nos decían nuestros compañeros en el día, fuera en el gran salón del comedor donde cuatro cocineros con sus delantales y sus gorro muy pulcros no servían invariablemente los mismos platos con los mismos menús semana tras semana, sea en el tenebroso dormitorio que se volvía más lúgubre si él nos diagnosticaba algún síntoma de enfermedad menor por lo cual debíamos guardar cama aunque fuera por unas horas.
Cuando el cura Isidro comenzaba a pasearse de una punta a la otra de cualquiera de los lugares donde concentrábamos, no volaba ni una mosca, o estábamos tristes o planeando algo de atorrantes, la tristeza invariablemente comenzaba los domingos a la tardecita y comenzaba a terminar los viernes en un horario parecido si no nos castigaban, y a él le temíamos mucho porque levantaba la voz para gritarnos majaderos, y probar si algunos de nosotros rompía pactos no escritos de silencio y entregaba a los culpables que fueran por el lío que fuera, como le temimos lo quisimos, porque así como nos retaba mitigaba nuestra tristeza cuando la detectaba.
Y mientras estuvimos por allí, en el colegio, estuvimos más veces tristes que portándonos mal.

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