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Sunday, April 17, 2011

cronopios y famas mandones, mandados y mandantes

Cadenas de mandos entre cronopios y famas encerrados, encerronas.
Mucho después que el cura Jimeno apagaba las luces en el pabellón del dormitorio el niño se dormía.
No le era fácil conciliar el sueño, de un día para otro los padres le explicaron que debía terminar sexto grado en el internado del Colegio Belgrano y el, obediente maleable parsimonioso dócil, como siempre no había puesto reparos aunque se quedara con varias preguntas sin respuestas, no era fácil acomodarse en aquella cama estándar con sábanas estándar y almohada apelmazada y delgada igual para todos, cerrar los ojos y entrar en dulces sueños las siguientes nueve horas, porque la rutina rígida estaba establecida para todos, el cura Jimeno apagaba las luces a las nueve de la noche el cura Jimeno encendía las luces a las seis de la mañana.
Y esa pequeña gran odisea de no poder dormir no era solamente del niño, sino también de cada uno de los doscientos internos, es que cada vez que el cura apagaba las luces unas actividades diferentes a las comunes comenzaban y cuando él prendía las luces esas actividades cesaban, ir hasta el baño, avisar de dolores de estómago o la cabeza, lanzar al aire murmullos tristes o alegres, o andar con mariconeadas y toqueteos en los baños comunes que, como si se tratara de linternas gigantes alumbrando el cielorraso como si fuera un mural con dibujos de círculos y cuadrados, se iluminaban en partes durante toda la noche, diligencias de las que el cura sabía escuchaba entonces de los demás, el niño que además no entendía de qué se trataba.
Sabía, eso sí, que su mamá le había conminado que los varones ni tocan ni se dejan tocar por lo varones menos donde él ya sabía, ni adelante que es lo de lo varoncitos ni atrás como si fuera lo de las niñas, y sabía que él más que dormirse cuando comenzaba alguna de esas largas noches se despertaba, aunque se quedara inmóvil con los ojos cerrados y apretados, en posición fetal y como rezando, de hecho a veces le pedía favores a su ángel de la guarda, y se quedaba escuchando lo ruidos que comenzaban cuando el capellán apagaba las luces y acababan cuando el abate en la mañana las prendía.
Y no quiso saber nunca, eso sí que no, eso se confundía con esas negras recomendaciones de su madre, incluso mucho después de haber salido del colegio, saber lo que todos sabían y nadie le contara como se cuentan las cosas para saberlas, que en esos días había dos pares de maricones entre ellos, que el cura Jimeno sabía y que también lo sabía el cura Isidro que controlaba al cura Jimeno, y que los más malignos de los chicos decían que los más grandes se prestaban a la joda con el cura.
Cualquiera fuera la historia, lo cierto es que mucho después que el cura Jimeno apagaba las luces en el pabellón del dormitorio el niño se dormía.

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